Thomas cerró la puerta de su despacho y apoyó ambas manos sobre el escritorio. Frente a él no había contratos ni pantallas encendidas, solo una pequeña caja de terciopelo oscuro que llevaba varios minutos mirando sin atreverse a abrir de nuevo. Respiró hondo. No era miedo. Era respeto por el momento que estaba a punto de crear.
Pensó en Daniela. En todo lo que había atravesado. En cómo había aprendido a sostenerse, a amar, a confiar otra vez. En la vida que crecía dentro de ella.
Tomó el teléfono y marcó un número.
—¿Laura? —dijo cuando ella contestó—. Necesito tu ayuda.
—Eso suena grave —respondió ella medio en broma—. ¿Qué hiciste ahora?
—Nada —contestó Thomas—. O mejor dicho… quiero hacer algo bien. Perfecto.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Thomas… —dijo Laura con una sonrisa que él pudo imaginar—. ¿Estás hablando de lo que creo que estás hablando?
Él abrió la pequeña caja y miró el anillo una vez más. Sencillo, elegante, pensado solo para ella.
—Quiero pedirle matrimonio a D