Dalia dio un paso más, despacio, con una cautela casi reverente. Sus ojos se clavaron en los de Daniela, buscando una señal, un permiso silencioso para acercarse. No levantó las manos, no invadió su espacio; solo esperó, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper ese momento frágil.
Daniela sostuvo su mirada. Sintió un nudo apretarle el pecho, una mezcla de miedo, anhelo y un dolor antiguo que llevaba demasiados años guardado.
—Quiero que mi hijo tenga una familia completa —dijo al fin, con la voz temblorosa pero decidida.
Dalia no pudo contenerse. Una sonrisa cargada de lágrimas se dibujó en su rostro, una expresión rota y sincera al mismo tiempo.
—Lo siento —susurró—. Lo siento tanto…
Daniela tragó saliva. Sus labios temblaron. Durante un segundo pareció dudar, como si esa palabra hubiera vivido siempre en su garganta sin atreverse a salir. Entonces levantó un poco el rostro y habló, casi en un susurro que llenó toda la habitación.
—Mamá.
Fue sufi