Cuando, Valentina terminó su jornada de trabajo en la biblioteca municipal , salió al atardecer, y para su sorpresa, un Ferrari rojo reluciente esperaba en la acera, con Kaiser al volante. Él llevaba lentes de sol que ocultaban sus ojos carmesí, una chaqueta negra ajustada que acentuaba sus hombros anchos, botas militares que le daban un aire rudo y depredador, y una envidiable sonrisa arrogante en sus labios pálidos que provocaba que todas las mujeres que pasaban alrededor lo miraran con deseo.
Valentina sonrió al verlo, su corazón acelerándose involuntariamente, pero una punzada de inseguridad la acompañaba.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Kaiser salió del auto con gracia felina, rodeándola con un brazo posesivo y dándole un apasionado beso que la sonrojó a más no poder. Sus labios fríos devorando los cálidos de ella en un reclamo público que hacía que las miradas curiosas se multiplicaran.
—Hola otra vez, nena —murmuró él contra sus labios, su voz un ronroneo grave que