Valentina despertó sobresaltada.
El sonido la arrancó del sueño como una garra invisible: un aullido profundo, largo, que se extendía por el aire nocturno con una fuerza primitiva. No era un animal común. No era un perro. Era algo más salvaje, cargado de mucha fuerza.
Su respiración se aceleró.
El segundo aullido resonó más cerca.
Valentina se incorporó de golpe en la cama, el corazón golpeándole el pecho con violencia. La habitación estaba apenas iluminada por la luz de la luna que ent