La luz de la mañana se filtraba suave entre las cortinas abiertas, dorada y tibia, como si la isla entera respirara al ritmo del mar. Valentina despertó lentamente, con la sensación extraña y deliciosa de no tener prisa. Durante unos segundos no recordó dónde estaba; solo percibió el aroma. Flores. Decenas de ellas.
Abrió los ojos.
La habitación estaba cubierta de pétalos y ramos dispuestos con un cuidado casi reverencial. Sobre el suelo de madera clara descansaban lirios blancos, rosas pálid