La noche aún no se había retirado del todo cuando Xylos despertó sobresaltado por un sonido que le atravesó el pecho como si fuera una garra invisible.
Un llanto.
No era un ruido lejano ni confuso. Era cercano, desgarrador e insistente. Un llanto pequeño, roto, que subía y bajaba como si el aire mismo le doliera al salir de unos pulmones diminutos, Xylos frunció el ceño y giró ligeramente el rostro hacia el origen del sonido, aun cuando la oscuridad era para él un estado permanente.
—¿Cassia