La luz blanca no fue una explosión.
Fué una purga.
En el momento en que la palma sangrante de Seraphina tocó la frente de Gabriel, el mundo se invirtió.
La oscuridad que había convertido el jardín en una tumba de medianoche se fracturó. Un grito desgarrador, que no pertenecía a ninguna garganta humana, hizo que los lobos supervivientes se taparan los oídos y cayeran al suelo.
La Sombra se negaba a salir. Se aferraba a la carne de Gabriel como un parásito se aferra a un huésped moribundo, hundiéndose en sus huesos, en su médula. Seraphina sintió esa resistencia, una frialdad aceitosa y repugnante que intentaba trepar por su brazo, intentando consumirla a ella también.
Pero su sangre era más fuerte.
—¡Fuera! —ordenó Seraphina, canalizando todo el dolor, toda la pérdida, toda la vida que había reclamado para sí misma.
Su sangre actuó como fuego santo.
La Sombra chilló. Con un sonido de tela rasgándose, fue arrancada violentamente del cuerpo de Gabriel. Una columna de humo negro y denso