El eco de los aullidos de celebración aún vibraba en la brisa nocturna cuando Ronan cerró la puerta de roble de su habitación a sus espaldas.
El suave chasquido de la cerradura fue el único sonido en la penumbra, seguido por el crepitar de las brasas en la chimenea.
En el rincón más cálido del cuarto, las dos cunas de madera albergaban las respiraciones acompasadas de Iris y Adham, perdidos en un sueño profundo y ajenos a la inmensidad de lo que acababa de ocurrir bajo los cerezos.
Seraphina s