El eco de las palabras de Damien se desvaneció bajo el latido ensordecedor que retumbaba en los oídos de la Luna.
Seraphina acortó la distancia casi corriendo, olvidándose del agotamiento, del Abismo y del dolor en sus músculos.
Sus manos temblaban tanto que, por un segundo, temió no tener la fuerza para sostenerla. Pero en cuanto los brazos inmensos de Damien le entregaron el pequeño bulto envuelto en mantas suaves, el instinto maternal la dominó.
Seraphina apretó a Iris contra su pecho. La b