El mundo olía a ceniza y desesperanza.
Seraphina estaba de rodillas en los escombros de la fuente, con el agua teñida de rosa empapando su vestido de novia destrozado.
Frente a ella, Ronan era una montaña de pelaje oscuro y dolor, su respiración convertida en un silbido húmedo y agónico. El golpe de la Sombra le había roto las costillas, tal vez perforado un pulmón. El Alpha invencible estaba roto.
Y sobre ellos, Gabriel se cernía como un eclipse.
—Es poético —dijo el recipiente, su voz resonando con la cadencia de mil tumbas abriéndose—. La humana y el perro, muriendo juntos en el altar de su propia arrogancia.
Gabriel levantó la mano. Las sombras se arremolinaron alrededor de sus dedos, condensándose en una lanza de oscuridad sólida y vibrante. Apuntó al corazón de Ronan.
—Di adiós, Alpha.
—¡No! —Seraphina se lanzó sobre el cuerpo de lobo de Ronan, cubriendo su cabeza con su propio cuerpo, un escudo inútil de carne y hueso contra un dios antiguo.
Cerró los ojos, esperando el impact