El silencio de la cabaña era un lujo al que sus sentidos aún no se acostumbraban.
Las sábanas limpias de algodón y el calor constante de la chimenea deberían haber sido un paraíso, pero la mente de Seraphina seguía atrapada en el Abismo.
En su sueño, la habitación de madera se disolvía. El olor a pino era reemplazado por el hedor metálico y asfixiante de la niebla y la sangre.
La cama se convertía en un altar de obsidiana. Cientos de manos esqueléticas emergían de la oscuridad, arañando las sá