La imagen de Ronan, con el torso desnudo y bañado por la luna, se había quedado grabada en la retina de Seraphina como una quemadura de sol.
Aún podía ver la tensión de sus músculos, la fluidez letal de sus movimientos y, lo peor de todo, la mano de Isabelle sobre su piel.
Se apartó de la ventana, sintiendo que las paredes de piedra de la habitación se cerraban sobre ella. El aire se sentía viciado, insuficiente. Necesitaba respirar. Necesitaba borrar el olor a celos y derrota que parecía impregnar su propia piel. Pero, sobre todo, necesitaba asegurarse de que la promesa de Ronan seguía en pie. Quería ir con su hermano menor.
Se acercó a la puerta, esperando encontrarla cerrada, una barrera inamovible entre ella y el mundo.
Giró el pomo con resignación.
Para su sorpresa, el mecanismo cedió con un chasquido suave. La puerta se abrió un centímetro.
Seraphina contuvo el aliento, su corazón golpeando con fuerza contra sus costillas.
¿Un olvido? ¿Un error de los guardias? Se asomó al pa