La sugerencia de las perreras quedó flotando en el aire estéril, una crueldad suspendida que Isabelle saboreaba con una sonrisa afilada.
Ronan no le devolvió la sonrisa. Ni siquiera la miró. Sus ojos de acero seguían clavados en Seraphina, evaluando su resistencia, su sumisión, como si fuera un activo valioso que acababa de adquirir.
—Llevenla a su habitación —ordenó, su voz dirigida a los dos guardias que esperaban en el pasillo como sombras silenciosas.
No hubo ni un parpadeo de emoción haci