La pregunta de Isabelle quedó suspendida en el aire, vibrando con el mismo miedo que había vaciado el color de su rostro.
Seraphina miraba su propia mano, la piel hormigueando con una estática residual, incapaz de responder. No sabía qué era. Solo sabía que había sentido un calor furioso, una necesidad de protegerse que había estallado desde su núcleo.
Antes de que pudiera formular una palabra, el pasillo se llenó de una presión aplastante. No fue un sonido, sinó una onda expansiva de poder puro que golpeó las paredes de piedra.
Ronan.
Apareció al final del corredor como una tormenta materializada. No corría, pero devoraba la distancia con zancadas largas y depredadoras. Su pecho desnudo brillaba con una fina capa de sudor del entrenamiento, y sus ojos eran dos carbones encendidos de oro fundido.
Había sentido el estallido de energía, o tal vez el terror de ella, a través del vínculo que intentaba negar.
Llegó hasta ellas en un parpadeo.
—¿Qué ha pasado? —su voz fue un gruñido que hi