El eco de su rendición se desvaneció, dejando tras de sí un silencio denso y quebradizo. Seraphina mantuvo la cabeza gacha. Había entregado su libertad. Había vendido su voluntad al diablo para salvar al ángel que acababa de expulsar a la tormenta.
La sombra de Ronan cayó sobre ella como garras oscuras reclamando lo
que les pertenece. Y ahora, Seraphina
le pertenecía.
Su mano, grande y callosa, se cerró alrededor de su brazo superior. El agarre fue firme, posesivo, enviando una descarga eléctri