El eco de su rendición se desvaneció, dejando tras de sí un silencio denso y quebradizo. Seraphina mantuvo la cabeza gacha. Había entregado su libertad. Había vendido su voluntad al diablo para salvar al ángel que acababa de expulsar a la tormenta.
La sombra de Ronan cayó sobre ella como garras oscuras reclamando lo
que les pertenece. Y ahora, Seraphina
le pertenecía.
Su mano, grande y callosa, se cerró alrededor de su brazo superior. El agarre fue firme, posesivo, enviando una descarga eléctrica a través de su cuerpo entumecido que la hizo jadear. No tiró de ella con violencia, sino con la fuerza inexorable de una marea ascendente, obligándola avanzar.
Seraphina se tambaleó, sus piernas convertidas en agua por la adrenalina que la abandonaba, y chocó contra la pared de su pecho. Por un segundo, estuvo envuelta en él, en el aroma a bosque profundo y lluvia, en la dureza de un cuerpo esculpido para la violencia pero vestido con la seda más fina.
Él no la apartó. La sostuvo allí, estabi