Mundo ficciónIniciar sesión¿Se puede engañar al hombre que mejor domina las leyes? Alana Blackwood le mintió sobre su nombre, su profesión y su edad para vivir un fin de semana salvaje en París. Meses después, descubre que su amante es el implacable doctor Demian Cross, su nuevo profesor de Derecho Penal. Inician un juego clandestino de seducción y castigos que los llevará al límite de la cordura. Pero tres años después, tras un divorcio, un rescate heroico y un compromiso firmado a puerta cerrada, el profesor dominante descubrirá que su pequeña heredera le ha guardado el secreto más dulce y peligroso de todos: un embarazo de gemelos que cambiará las reglas del juego para siempre.
Leer másLa pantalla de mi teléfono celular parpadeó una última vez antes de quedar completamente negra.
—No, no, no... ¡Por favor, ahora no! —exclamé, golpeando el aparato contra la palma de mi mano.
Nada. Muerto. Sin batería.
Me quedé quieta en medio de la solitaria carretera de la campiña escocesa, rodeada por una niebla densa que amenazaba con tragarse el paisaje. Mis padres poseían varias empresas multinacionales y yo jamás había pasado necesidades económicas, pero les había hecho prometer que de ahora en adelante me iban a dejar adquirir experiencia por mis medios sin su ayuda y que no se entrometerían en mi vida mientras yo me abría paso por mí misma en el mundo de las leyes. Quería ganarme mi propio lugar, sin influencias ni apellidos. Sin embargo, mi legendaria torpeza para las direcciones me estaba cobrando una factura muy alta en mi primer día de absoluta independencia.
Iba vestida como toda una dama de la alta sociedad: un vestido largo y elegante que abrazaba mi silueta, tacones altos que ya me estaban torturando los pies y mi cabello castaño perfectamente lacio. Todo para asistir al aniversario de bodas de mi tía en su mansión. El taxista que me había traído desde el aeropuerto me había dejado en una enorme propiedad que él juraba que era el destino.
Divisé unas imponentes puertas de hierro forjado al final del sendero. La propiedad estaba iluminada por antorchas y el sonido de la música clásica flotaba en el aire. Cientos de personas de la alta alcurnia escocesa caminaban de un lado a otro con copas de cristal en las manos.
"Debe ser aquí", pensé, acomodándome el vestido y armándome con esa seguridad oculta que mi timidez solía esconder ante el mundo.
Caminé entre los invitados buscando los rostros familiares de mis tíos, pero solo encontré miradas aristocráticas y desconocidas. Los nervios comenzaron a traicionarme. Para disimular mi desorientación, me acerqué a un camarero y tomé una copa de champaña de su bandeja de plata. Di un sorbo largo, sintiendo las burbujas doradas raspar mi garganta mientras avanzaba por el pasillo principal de la residencia.
Estaba tan concentrada mirando hacia todos lados que no vi lo que tenía enfrente.
¡Clac!
Mi cuerpo impactó de lleno contra un muro sólido y musculoso. El líquido dorado de mi copa saltó por los aires, vaciándose por completo sobre la tela fina y oscura de unos pantalones hechos a la medida que gritaban millones de dólares. El desastre fue total: la champaña se concentró directamente en la zona de su entrepierna, empapándolo por completo.
—Fíjate por dónde caminas, niña —soltó una voz barítona, cargada de una arrogancia tan fría que me congeló la sangre en las venas.
Alcé la mirada lentamente y me quedé sin aliento. El hombre que tenía enfrente era imponente. Muy alto, de hombros anchos y una mandíbula afilada que parecía esculpida en piedra. Su cabello negro tenía destellos entrecanos en las sienes, dándole un aire de madurez, peligro y poder absoluto. Sus ojos, de un azul tan claro como el hielo, me taladraban con fastidio y desprecio.
Demian Cross no era el tipo de hombre que perdía el tiempo hablando con chiquillas; de hecho, solo estaba en esa fiesta porque le había prometido a su mejor amigo que asistiría a su aniversario.“Demian pertenecía a una de esas familias cuyo apellido no necesitaba presentación. Su linaje se remontaba a generaciones de aristócratas y, junto con el apellido, había heredado una fortuna, propiedades y una posición social que pocos podían igualar.”
Ese hombre tan altanero era el doctor Demian Cross, un laureado multimillonario, que a su vez había estudiado leyes y otras varias disciplinas que consideraba necesarias para continuar su linaje y por obvias razones detestaba perder el tiempo con chiquillas, y se repetía así mismo que no era el lugar, solo estaba en esa fiesta porque le había prometido a su mejor amigo.
Cualquier otra chica de dieciocho años se habría disculpado temblando ante semejante espécimen, pero mi filtro social desapareció por completo ante su altanería. El orgullo herido me dio alas.
—Si no estuviera parado como un monumento en medio del pasillo, no habríamos chocado —le contesté, sosteniéndole la mirada con total firmeza, sin dar un solo paso atrás.
Demian Cross arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por mi descarada respuesta. Nadie en su mundo se atrevía a hablarle en ese tono. Sin decir una sola palabra, su mano grande y segura atrapó mi antebrazo con un agarre firme pero extrañamente cálido. Con una fuerza contenida que me aceleró el pulso, me arrastró fuera del pasillo principal y me empujó hacia el interior del baño de invitados que estaba justo detrás de nosotros, cerrando la puerta con el cerrojo.
El espacio se redujo y el aroma a madera, éxito y perfume costoso que emanaba de su cuerpo me inundó por completo.
—Limpia esto —ordenó él con frialdad, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el lavabo de mármol, mirándome desde su altura como si yo fuera su empleada.
Una chispa de rabia me encendió el pecho. Tomé un manojo de servilletas de papel del dispensador, decidida a terminar con esto para poder largarme de esa maldita fiesta. Me agaché a la altura de su cintura y comencé a frotar la tela húmeda de su pantalón.
Fue el peor error de mi vida.
Al limpiar esa zona tan sugerente con efusividad, la fricción de mis dedos rozó inevitablemente la dura anatomía del espécimen masculino. El calor que desprendía su cuerpo era abrumador y, por pura biología inevitable, el cuerpo de Demian Cross reaccionó en un milisegundo bajo mis manos.
Estaba bien dotado. Extremadamente bien dotado. Y la tela del pantalón comenzó a tensarse de una forma descomunal ante mis ojos.
Ninguno de los dos se acobardó. Demian bajó la mirada hacia mí, y sus ojos azules se oscurecieron por completo, llenándose de una repentina y peligrosa curiosidad y leve burla al creer que me había intimidado. Yo sentí mis mejillas arder en un sonrojo salvaje, pero mi mente analítica de mujer empoderada que sabe quién es y por supuesto de futura abogada procesó la situación. La timidez se esfumó, y, con una seguridad pasmosa que camuflaba mis 18 años, hablé sin filtro:
Dejé de frotar, lo miré desde abajo con una ceja arqueada y le estampé las servilletas húmedas directamente contra el pecho.
—Mire, señor estirado... si sigo limpiando con tanta efusividad, me vale que va a tener que limpiar un desastre mucho más grande aquí dentro. Así que mejor le devuelvo esto y me voy.
Le sostuve la mirada un segundo más, disfrutando del shock reflejado en sus pupilas, y salí del baño con la cabeza en alto, dejándolo completamente impactado y solo en la habitación.
Damian se quedó solo, mirando la puerta. Esa chiquilla de ojos grises no era para nada su tipo, pero lo había dejado intrigado. Suspiró con fastidio, sacó su teléfono y llamó a su chófer.
—Trae un traje nuevo a la mansión. El que llevo quedó arruinado... y no me gusta regalar nada. Voy a cobrarme esto.
Caminé hacia el aire fresco de la noche escocesa, dándome cuenta finalmente de que las iniciales en los globos de la entrada no coincidían con las de mis tíos: mi legendaria torpeza me había traído a la mansión equivocada. Mi teléfono seguía sin batería, estaba cansada y la noche estaba fría. Sin embargo, mientras levantaba la mano para pedir un taxi de regreso al hotel, una sonrisa involuntaria apareció en mis labios al recordar al adonis del baño. Era un arrogante insoportable, sí, pero no me habría importado regalarle mi primera vez a un hombre con semejante magnetismo.
Lástima que el destino nunca volvería a cruzarnos. O al menos, eso era lo que mi inocencia me hacía creer.
El Auditorio Principal de la Facultad de Derecho estaba completamente abarrotado aquella mañana.Más de cien estudiantes ocupaban las largas filas de asientos mientras un murmullo constante llenaba el recinto. Algunos repasaban apuntes antes de comenzar la clase; otros conversaban en voz baja, aprovechando los últimos minutos de libertad antes de enfrentarse a una de las asignaturas más exigentes del semestre.Yo permanecía sentada en la primera fila.Había llegado unos minutos antes de la hora, no porque estuviera particularmente interesada en ocupar aquel lugar, sino porque quería demostrarme a mí misma que podía enfrentar aquella mañana con absoluta normalidad.Después de lo ocurrido la noche anterior, no pensaba permitir que Demian Cross descubriera cuánto había conseguido alterar mi concentración.Las imponentes puertas de madera del auditorio se abrieron.El murmullo general se apagó casi de inmediato.El doctor Demian Cross entró con paso firme, llevando consigo aquella presenc
El reloj de pared de la Facultad de Derecho marcó las ocho de la noche en punto.El campus ya estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el silbido del viento invernal contra los ventanales de arco gótico.Caminé por el pasillo desierto con mi habitual timidez como una máscara perfecta para ocultar el fuego de indignación que todavía me ardía en el pecho desde el rechazo del día anterior.Me detuve frente al despacho privado del doctor Cross, acomodé mis gafas de lectura y empujé la pesada puerta de madera noble.El interior de la oficina gritaba poder aristocrático.El aroma de los libros antiguos, con sus lomos de piel, se mezclaba con el olor de la cera de abeja utilizada para mantener impecables los muebles y con el toque inconfundible de su whisky importado.Demian estaba sentado detrás de su majestuoso escritorio de caoba, iluminado únicamente por la luz ámbar de una lámpara de banquero.Vestía un sastre gris impecablemente cortado, pero se había quitado la corb
Pensé que la jugada del restaurante me había dado la victoria definitiva en aquel tablero de ajedrez que Demian y yo parecíamos empeñados en convertir en una guerra personal.Durante todo el fin de semana me regodeé en la soledad de mi modesto estudio, recordando una y otra vez la expresión de mortificación que había cruzado el rostro de Demian Cross mientras conducía de regreso. El recuerdo de su evidente incomodidad consiguió arrancarme más de una sonrisa.Regresé a la facultad el lunes por la mañana con mi habitual expresión de absoluta suficiencia, luciendo el sutil triunfo de quien cree tener el control del juego.Qué ingenua había sido.Caminé por el pasillo principal del ala de Derecho y me detuve frente a mi casillero. Introduje la combinación, abrí la pequeña puerta metálica y me quedé completamente inmóvil.El aire se me escapó de los pulmones.Pegada en el fondo había una pequeña nota de papel opalino, escrita a mano con tinta negra.No contenía una amenaza convencional.So
La confesión de Demian quedó suspendida en el aire de la terraza privada, mezclándose con las notas lejanas del piano.Contemplé en silencio a aquel titán de los negocios, al hombre que no parecía temerle a ningún tribunal ni a ningún adversario, sentado frente a mí con una vulnerabilidad que parecía completamente ajena a su naturaleza.Sus ojos azules, normalmente fríos e impenetrables, delataban una inseguridad que no había visto antes.Y, por alguna razón, aquello me provocó un cortocircuito emocional.Conocía perfectamente la historia detrás de su apellido. Demian pertenecía a un antiguo linaje aristocrático, rodeado de herencias, castillos, influencia política y una fortuna capaz de hacer temblar a más de uno.Sin embargo, allí, bajo la luz de las velas, comprendí una verdad absoluta.A mí no me gustaba su lado principesco.No quería un novio de campus que apareciera con flores ni un caballero correcto que me invitara a tomar café.Lo que me había vuelto loca en París era precisa
Último capítulo