Pensé que la jugada del restaurante me había dado la victoria definitiva en aquel tablero de ajedrez que Demian y yo parecíamos empeñados en convertir en una guerra personal.
Durante todo el fin de semana me regodeé en la soledad de mi modesto estudio, recordando una y otra vez la expresión de mortificación que había cruzado el rostro de Demian Cross mientras conducía de regreso. El recuerdo de su evidente incomodidad consiguió arrancarme más de una sonrisa.
Regresé a la facultad el lunes por l