Capítulo 3: La lección del baño: "Si sigo limpiando, tendrá que limpiar un desastre más grande"
El silencio en la suite presidencial de París era tan denso que casi se podía cortar con el borde de la toalla que sostenía en mis manos. Demian Cross se quedó inmóvil a medio pasillo, con la camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, revelando una sugerente porción de su torso bronceado y esculpido. Sus ojos azules, fijos en mí mientras yo me acomodaba con total descaro en el borde de su inmensa cama
king size, destellaban una mezcla de incredulidad y fuego puro.
Ninguna mujer se atrevía a desafiarlo. Ninguna mujer lo miraba como si fuera un trofeo en lugar de un titán temible. Pero yo no era cualquier mujer; era Alana Blackwood, y bajo mi fachada de timidez universitaria se escondía un orgullo de acero que él mismo se había encargado de provocar.
—¿Te divierte la situación, pequeña? —su voz barítona descendió una octava, resonando en el espacio como una advertencia peligrosa.
—Me divierte que un hombre tan poderoso se altere tanto por un poco de vino tinto, doctor Cross —le contesté, sosteniéndole la mirada con una altanería descarada. Apoyé mis manos hacia atrás sobre el edredón de seda, inclinando mi cuerpo de una forma que sabía perfectamente que llamaría su atención.
Demian soltó una risa seca, un sonido ronco que me envió un escalofrío directo al vientre. Terminó de quitarse los botones de los puños y, de un solo movimiento, se despojó de la camisa arruinada, lanzándola al suelo sin importarle el costo. Mi respiración se cortó por un milisegundo. Verlo sin camisa era una tortura deliciosa. Su pecho era ancho, cruzado por líneas perfectas de músculos que se tensaban con cada respiración, y su abdomen estaba tan marcado que parecía tallado a mano por un artista obsesionado con la perfección.
Caminó hacia mí con pasos lentos, felinos, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria y, francamente, tampoco desea escapar. El aroma a madera y a deseo que desprendía su piel se volvió abrumador cuando se detuvo justo frente a mis piernas cruzadas.
—No tienes idea de con quién estás jugando —susurró, inclinándose hacia adelante hasta que su rostro quedó a centímetros del mío. Sus dedos largos y fuertes atraparon mi barbilla, obligándome a alzar la cabeza—. Crees que porque me contestas con altanería tienes el control, pero en mi terreno, las reglas las pongo yo. Y te aseguro que la factura de estos trajes no se paga con palabras.
Mi pulso se aceleró a mil revoluciones por segundo. Sentía el calor de su cuerpo quemándome la piel, pero mi boca sin filtro no se amilanó.
—Entonces cóbrese la factura, señor Cross —desafié, rozando mis labios casi contra los suyos al hablar—. Pero recuerde lo que le dije en el baño de Escocia... Si sigue poniéndose tan impaciente y dominante, me vale que va a tener que limpiar un desastre mucho más grande aquí dentro, mire hacía el sur de su anatomía de manera muy sugerente y provocativa, sin medirme.
Esa fue la gota que derramó el vaso. El recordatorio de mi atrevimiento en aquel baño fue el detonante definitivo.
Demian soltó un gruñido ahogado y posesivo, perdiendo los estribos que tanto lo caracterizaban en el mundo corporativo. Sus manos de acero abandonaron mi barbilla para trasladarse a mi cintura, levantándome del borde de la cama con una facilidad pasmosa, como si mi cuerpo no pesara nada. Me arrastró en un movimiento rápido hacia el enorme baño principal de la suite, un santuario de mármol negro y espejos empotrados que multiplicaban la tensión de nuestros cuerpos.
Me estampó suavemente contra la pared de mármol frío, atrapando mis caderas con las suyas. El contraste entre el frío de la piedra en mi espalda y el calor abrasador de su torso desnudo presionando mi pecho me hizo soltar un jadeo.
—¿Quieres un desastre, pequeña? —su respiración era un eco roto contra mi cuello mientras sus labios comenzaban a dejar un rastro de besos ardientes y posesivos en mi piel—. Te voy a dar un desastre del que no te vas a olvidar en toda tu vida.
Sus manos bajaron con urgencia, subiendo el dobladillo de mi vestido de gala hasta mis muslos. El gigante en sus pantalones reclamaba su propiedad con una fuerza descomunal que me hizo temblar. No hubo delicadeza aristocrática, no hubo preámbulos corporativos; aquello era una entrega cruda, salvaje y desbordante que ambos habíamos estado reteniendo desde el primer choque en Escocia.
Pero en el milisegundo en que Damian me embistió por primera vez, una barrera física e inconfundible detuvo su ímpetu brutal. Damian se congeló en seco, tensando cada músculo de su espalda esculpida mientras sus ojos azules se abrían con un shock absoluto. Su respiración se detuvo al caer en la cuenta de la realidad: era mi primera vez. Yo era virgen. La chiquilla descarada que le sostenía la mirada con tanta altanería se estaba entregando a él por completo.
Un gruñido mucho más oscuro, ronco y primitivo escapó de su garganta. Saberse el dueño absoluto de mi inocencia despertó una posesividad salvaje que terminó de romper su cordura. Besó mis labios con una desesperación devoradora, acallando mi pequeño gemido de dolor antes de continuar con más fuerza, transformando ese dolor inicial en un placer puro y abrasador.
Me tomó allí mismo, contra los espejos del baño de París, en un compás ardiente y rítmico que hizo que el sonido de nuestros jadeos y el golpeteo de piel contra piel resonara en todo el lugar. Me aferré a sus hombros anchos de Superman, enterrando mis uñas en su espalda mientras sus potentes embestidas me llevaban directo al abismo de la locura.
Su temperamento dominante y posesivo en la cama me volvía loca. No se medía a la hora de causarme placer, devorando mi boca con besos devastadores que sofocaban hasta mis gemidos más agudos. Me sorprendí a mí misma disfrutando de aquellos besos avasalladores que me dejaban sin aire y me hacían perder, por momentos, cualquier noción de cordura.
Nos consumimos mutuamente en esa tormenta de París, cruzando la línea de la protección y la cordura en un clímax que nos dejó sin aliento. En el último segundo, con un gemido ronco que vibró en sus cuerdas vocales, Demian dejó su derrame espeso, caliente sobre mi abdomen, sellando entre nosotros un pacto mudo del que mi alma jamás podría liberarse.
Cuando la tormenta finalmente amainó, me dejó caer lentamente sobre mis pies. Mis piernas temblaban tanto que tuve que apoyarme en el lavabo de mármol. Demian dio un paso atrás, recuperando su respiración rota mientras pasaba una mano por su cabello negro y entrecano. Miró nuestro reflejo en el espejo empañado por el vapor y una sonrisa sumamente arrogante y satisfecha se dibujó en sus labios.
—La lección ha terminado por hoy, pequeña malcriada —dijo con su habitual altanería corporativa, aunque sus ojos azules seguían oscuros por la posesión—. Asegúrate de no volver a cruzarte en mi camino... a menos que quieras pagar otra factura.
Se dio la vuelta y salió del baño para cambiarse, dejándome sola frente al espejo. Me limpié el rastro de nuestra locura mientras intentaba recuperar el aliento. Sin embargo, al contemplar mi rostro encendido en el reflejo, una sonrisa de suficiencia se dibujó en mis labios. Había imaginado miles de escenarios, fantaseando con aquel encuentro desde aquella noche en la mansión de Escocia, pero ahora que finalmente había sucedido, comprendí que mi imaginación se había quedado demasiado corta
Había sido mi primera vez… y qué manera tan deliciosa de descubrirlo. Aquel hombre imponente acababa de dejar el listón demasiado alto para cualquier otro que pudiera cruzarse en mi camino. Bastaba con recordar aquella experiencia para sentir nuevamente cómo el calor recorría mi cuerpo.
Siempre había sido tímida, pero con él esa palabra parecía perder todo significado. A su lado me descubría atrevida, impulsiva, capaz de hacer cosas que jamás habría imaginado. Mi temperatura subía hasta nublarme los pensamientos y convertir cada recuerdo en una tentación.
Por suerte, había tenido la precaución de no dejar las consecuencias de nuestra pasión dentro de mí. Aunque, si era completamente sincera conmigo misma, no estaba segura de haber tenido la fuerza de voluntad para detenerlo.
Qué hombre.
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