La confesión de Demian quedó suspendida en el aire de la terraza privada, mezclándose con las notas lejanas del piano.
Contemplé en silencio a aquel titán de los negocios, al hombre que no parecía temerle a ningún tribunal ni a ningún adversario, sentado frente a mí con una vulnerabilidad que parecía completamente ajena a su naturaleza.
Sus ojos azules, normalmente fríos e impenetrables, delataban una inseguridad que no había visto antes.
Y, por alguna razón, aquello me provocó un cortocircuito