La calificación en la pantalla de mi portal estudiantil era un insulto directo a mi inteligencia: una "F" gigante en letras rojas junto a mi primer ensayo de Derecho Penal. Yo era una alumna excepcionalmente brillante, dominaba la jurisprudencia al derecho y al revés, dominaba los códigos de memoria y mi análisis del caso era impecable. Aquello no era una evaluación académica; era una declaración de guerra, una Factura cobrada con el peor de los cinismos. Mi timidez habitual se esfumó en un segundo, reemplazada por esa impulsividad descarada y sin filtros que detestaba las injusticias.
Caminé a paso firme por el pasillo del ala de profesores, con los tenis resonando contra el suelo de madera. No me importó el protocolo. Sin siquiera tocar, empujé la imponente puerta de madera noble de su oficina privada.
El doctor Demian Cross estaba sentado detrás de su majestuoso escritorio de caoba, revisando unos documentos corporativos. Lucía ridículamente guapo, con la camisa blanca perfectamente entallada y la corbata azul marino impecable. Al verme entrar como un torbellino de furia, no se inmutó. Arqueó una ceja con esa calma exasperante y arrogante que siempre me encendía la sangre.
—Señorita Blackwood, en esta prestigiosa universidad enseñamos a tocar antes de entrar a un despacho —dictó con su voz barítona, fría y calculadora.
—Y en el mundo real, los profesores califican con base en el conocimiento, no por orgullo herido, doctor Cross —le solté, plantándome frente a su escritorio. Olvidé por completo que ya no estábamos en París, olvidé que él ya no era un extraño de hotel y que ahora tenía el poder absoluto sobre mi carrera—.
—Andar de etiqueta no le da derecho a pisotear mi esfuerzo,
doctor Cross —le solté, plantándome firmemente frente a su escritorio—. Mi ensayo cumple con cada punto de la jurisprudencia penal. Ponerme una nota reprobatoria es una injusticia, un abuso de poder y una total falta de ética profesional.
Demian dejó caer su estilográfica de oro sobre el escritorio y se puso de pie con lentitud calculada. Su imponente altura de más de un metro ochenta, y su físico musculoso parecieron encoger las paredes de la oficina.
Caminó rodeando la mesa de caoba con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir de tres mil dólares, escondiendo la potente erección que le causaba la osadía de esta chiquilla frente a él.
Sus ojos azules brillaban con una furia oscura, gélida y cuidadosamente contenida. Le carcomía el orgullo pensar que una chiquilla de dieciocho años le hubiera visto la cara en París, mintiéndole descaradamente de frente sobre su edad y su profesión.
Por primera vez en mucho tiempo, Demian no sabía si estaba más irritado por haber sido engañado o por el hecho de que aquella muchacha hubiera conseguido hacerlo bajar la guardia.
—¿Ética, Alana? —mencionó mi nombre en un susurro ronco que me hizo temblar el vientre—. ¿Me vas a hablar de ética tú, que entraste a mi cama en la suite presidencial de París usando una identidad falsa y pretendiendo tener veinticuatro años?
—Eso no tiene absolutamente nada que ver con mis notas académicas —le respondí con total altanería, negándome a dejarme intimidar por su cercanía—. Exijo que corrija mi calificación. Nos vemos en la próxima clase.
Giré sobre mis talones con orgullo, dándole la espalda al creer que había terminado con mi retahíla de palabras. Caminé hacia la salida con la cabeza en alto. Pero justo cuando estiré la mano para girar el pomo de bronce, un peso masivo, ardiente e imponente me aprisionó por la espalda contra la madera de la puerta.
Ahogué un grito de sorpresa. Demian se había movido con la velocidad y precisión de un depredador. Su cuerpo esculpido y caliente se estampó por completo contra mi espalda, atrapándome sin escapatoria. Intenté forcejear, moviendo mis caderas de manera desesperada para zafarme de su agarre, pero ese fue mi peor error. Me había olvidado de lo rápido que reaccionaba ese portento de hombre a la más mínima provocación. El roce y el movimiento de mi cuerpo despertaron instantáneamente al gigante dormido entre sus piernas.
Damian soltó un gruñido ronco y espeso directo en mi oído, enviándome una descarga eléctrica que me aflojó las rodillas. Sabiendo perfectamente que yo no me amilanaba con esas cosas y que mi boca sin filtro lo provocaba, aprovechó mi posición. Presionó su anatomía con más fuerza contra mi trasero,restregando esa durísima y sugerente parte de su anatomía contra mí. Debido al calor del día, yo llevaba un vestido veraniego ligero que apenas me llegaba a la rodilla, lo que facilitó que la tela se subiera ligeramente con el forcejeo, dejando mi piel expuesta al contacto de su costoso pantalón.
Él levantando un poco más mi trasero, encontró la forma de sincronizar nuestras anatomías desde atrás chocando en un compás asfixiante. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. De manera fuerte, rítmica y peligrosamente sugerente. Aquella era la verdadera factura de los tres mil dólares que pensaba cobrarse.
—Suéltame, Demian... —gimoteé en un hilo de voz, aunque la temperatura de mi propio cuerpo estaba subiendo a mil grados, traicionándome por completo con un deseo abrasador.
Traté de darme la vuelta para enfrentarlo cara a cara, pero él fue más rápido y dominante. Agarró mis dos muñecas con una sola de sus manos grandes de dedos largos y las sujetó firmemente por encima de mi cabeza contra la madera de la puerta, inmovilizándome por completo, y presionándose aún más fuerte contra mi. Con su mano libre, bajó lentamente hacia el borde de mi vestido, dispuesto a apartar la fina tela de mis bragas para tener un acceso directo, limpio y salvaje a lo que nos tenía a ambos con el pulso acelerado y la respiración rota. Estaba a punto de tomarme allí mismo, contra la puerta de su oficina, estaba a punto de cobrarse la afrenta de la manera más pecaminosa.
Dos golpes secos en la madera exterior de la puerta rompieron la burbuja de locura de golpe.
—¿Doctor Cross? Soy el decano de la facultad. ¿Se encuentra dentro? Necesito revisar un caso con usted —resonó la voz autoritaria desde el pasillo.
El cuerpo de Demian se tensó por completo, rígido como el acero. Cerró los ojos con fuerza, maldiciendo en un susurro ahogado contra la curvatura de mi cuello, deslizó su lengua por el lateral de mi cuello presa de la excitación, dejando un leve mordisco. Sabía perfectamente que un escándalo de esa magnitud dentro de la universidad destruiría su impecable reputación de hombre respetuoso de las leyes. Aprovechando el milisegundo en que aflojó el agarre de mis muñecas para recuperar la compostura, me deslicé con agilidad por debajo de su brazo.
Giré el pomo, abrí la puerta de golpe pasando a toda prisa junto al decano y salí pitada por el pasillo de la facultad con el corazón en la garganta, el pulso a mil y las mejillas ardiendo en un fuego abrasador y con su perfume impregnado en mí. La lección de hoy me había quedado clara: jugar con el profesor dominante iba a costar mucho más que un traje arruinado.
🤍───🩶───🖤───🩶───🤍