Mundo ficciónIniciar sesiónGemma Brooks llegó a la universidad buscando un nuevo comienzo, no una ruina. Tras una noche de pasión inolvidable con un desconocido, descubre que él es Nolan West: su profesor, su autoridad... y el mejor amigo de su prometido. Ahora, entre las paredes del aula, el deseo se convierte en un juego peligroso donde cada mirada es una traición y cada secreto está a punto de salir a la luz. ¿Podrá el amor sobrevivir cuando la lealtad es el mayor pecado?
Leer másMudarse de ciudad debería ser una actividad regulada por leyes internacionales, algo que requiriera un permiso especial, un examen de salud mental y, preferiblemente, un seguro de vida. Estaba de pie en medio de mi nuevo apartamento en la ciudad universitaria, rodeada de cajas de cartón que parecían haberme declarado la guerra. Algunas estaban etiquetadas como «cocina», otras como «libros», pero la mayoría eran simplemente un recordatorio de que mi vida entera ahora cabía en un espacio que olía a pintura fresca y desesperación. Miré el anillo en mi dedo anular: una piedra preciosa que brillaba con una ironía casi insultante en la penumbra del salón. Finn, mi prometido, el hombre perfecto, el hombre del plan trazado al milímetro, estaba a cientos de kilómetros de distancia, encargándose de los últimos detalles de una boda que, a decir verdad, sentía que se celebraría en otro siglo.
Me senté en el suelo, sobre una caja que sospechaba contenía mis zapatos, y suspiré. El silencio del apartamento era ensordecedor. Necesitaba ruido, necesitaba gente, necesitaba alcohol que no supiera a cartón. Me levanté, me puse un vestido que juré que solo usaría para ocasiones especiales y, con la determinación de una exploradora a punto de cruzar un territorio desconocido, salí a la noche. La ciudad, a diferencia de mi antiguo hogar, era una red de luces y misterios que me atraían con una intensidad eléctrica. Caminé sin rumbo, evitando las zonas más concurridas del campus hasta que encontré un local con un letrero de neón parpadeante: The Blind Spot. El nombre me pareció poético. Era exactamente donde estaba mi juicio en ese momento.
Al entrar, el aroma a madera vieja y bourbon me envolvió como un abrazo. Pedí un vodka con hielo, el primero de lo que prometía ser una larga noche de autocompasión. Estaba absorta en observar cómo el hielo se derretía contra el cristal cuando alguien se sentó en el taburete contiguo. No lo miré de inmediato, estaba demasiado ocupada maldiciendo mentalmente el hecho de que mi madre ya me hubiera enviado tres mensajes preguntándome si los centros de mesa debían ser de rosas blancas o lirios. Cuando finalmente me giré, el choque fue visual. Era un hombre que parecía haber sido esculpido con una intención de causar problemas. Tenía una mandíbula que podía cortar acero y unos ojos que me observaban con una curiosidad tan analítica que me sentí como una tesis doctoral mal escrita.
—Si sigues mirando ese vaso con tanta intensidad, vas a lograr que el hielo se evapore solo por pura presión psicológica —dijo él. Su voz era una mezcla de gravedad y algo aterciopelado que me hizo olvidar por un segundo el tema de los lirios.
—Estoy intentando decidir si mi vida necesita un cambio de rumbo o solo una segunda copa —respondí, sorprendida por mi propia audacia. El alcohol ya estaba haciendo estragos en mi sistema de censura interna.
Él soltó una carcajada breve, un sonido que me resultó extrañamente familiar a pesar de que nunca lo había visto en mi vida. —Mi apuesta es por la segunda copa. Es mucho más económica y, generalmente, ofrece mejores resultados.
Nos enfrascamos en una conversación absurda. Él no mencionó nada de su vida, y yo, por supuesto, omití convenientemente el detalle de que estaba a meses de convertirme en la señora Johnston. Hablamos de literatura —él tenía opiniones increíblemente sarcásticas sobre los clásicos—, de la arquitectura caótica de la ciudad y de lo absurdo que es intentar armar muebles sin un manual en español. Entre risas y tragos, la tensión se volvió palpable. Ya no era solo una charla; era una danza donde cada palabra era un desafío. Me sentía libre. Libre de las expectativas, libre del anillo que pesaba más de lo que admitiría, libre de ser la Gemma que todo el mundo esperaba.
—Tienes una forma muy peculiar de mirar el mundo —me dijo él, acercándose tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su colonia olía a sándalo y a algo que recordaré siempre como peligro.
—Y tú tienes una forma muy arrogante de juzgarlo —repliqué, aunque mis dedos ya estaban buscando la solapa de su chaqueta—. ¿Eres siempre así de insoportable o es que hoy tienes un día especialmente bueno?
—Hoy he tenido un día especialmente malo —susurró, rozando mis labios con los suyos—. Pero ahora mismo, eso es lo último que me importa.
El beso fue un desastre perfecto. Fue impulsivo, caótico y carente de cualquier atisbo de lógica, exactamente lo que necesitaba. No hubo nombres, no hubo intercambio de números, no hubo promesas. Solo fue una urgencia ciega que nos llevó fuera del local, tropezando con el mobiliario de la acera mientras reíamos como adolescentes fugitivos. Terminamos en un hotel cercano cuya única virtud era la inmediatez. Fue una noche de pasiones desenfrenadas, donde las risas se perdían entre las sábanas y donde, por fin, pude soltar toda la presión que me había traído a esta ciudad.
Al despertar, la luz del sol se filtraba por las cortinas, creando un aura que, en lugar de ser romántica, me hizo sentir un pánico absoluto. Miré a mi lado: la cama estaba vacía, aunque la hendidura en la almohada confirmaba que no había sido un sueño febril. En la mesilla, una nota breve decía simplemente: «La vida es demasiado corta para vivirla en blanco y negro». Me reí sola, mientras mi mano buscaba desesperadamente mi anillo de compromiso en el suelo. Me lo puse con la sensación de que, a partir de ese momento, mi vida se dividiría en dos: la persona que era antes de conocer a aquel desconocido y la persona que ahora tenía que aprender a vivir con el secreto más grande de su existencia. No sabía quién era él, ni qué hacía para ganarse la vida, pero algo me decía que el destino, en su cruel sentido del humor, no me permitiría olvidarlo tan fácilmente. Me vestí a toda prisa, saliendo del hotel con el corazón latiendo desbocado, sin saber que el hombre que había compartido mi noche de desenfreno estaba a punto de convertirse en el mayor obstáculo de mi futuro.
La vida en nuestra casa tenía el volumen permanente de una estación de tren en hora punta. Entre las clases de la universidad de Gemma, mis casos jurídicos a tiempo parcial, las teorías conspirativas de Liam sobre la jerarquía de los dinosaurios espaciales y la energía inagotable de April, los días transcurrían a una velocidad vertiginosa. A eso se le sumaba el nuevo miembro de la familia: un bebé regordete, de ojos curiosos y pulmones envidiables que, contra toda sugerencia de nuestros hijos, había terminado llamándose Lucas (aunque Liam insistía en llamarlo "Raptor Junior" cuando creyera que nadie escuchaba).Esa tarde de sábado, sin embargo, habíamos decidido hacer algo que rozaba la imprudencia: salir los cinco al centro de la ciudad para comprar suministros escolares y, de paso, intentar tomar un café sin que nadie terminara con chocolate hasta las cejas.La zona peatonal estaba concurrida. El bullicio de los transeúntes, el sonido de los músicos callejeros y el aroma a castañas
Si hay algo que aprendí durante mis años de práctica profesional es a identificar una amenaza en el horizonte. Un abogado sabe cuándo un testigo está mintiendo, cuándo una contraparte está preparando una emboscada y, sobre todo, cuándo alguien intenta invadir su territorio.El problema era que, esta vez, mi territorio no era una sala de juntas, sino el consultorio del Dr. Adrián Santillán, un obstetra cuya sola existencia parecía diseñada para hacerme sentir como un troglodita con corbata.Era la semana doce del embarazo. Gemma, que seguía librando su particular guerra contra el mundo de los olores y las texturas, había decidido que el Dr. Santillán era el "mesías de la obstetricia". Yo, por el contrario, lo veía como una variante moderna y peligrosamente atractiva de un modelo de catálogo de moda que, por azares del destino, sabía cómo hacer ecografías.—Nolan, deja de mirar al doctor así —susurró Gemma mientras estábamos sentados en la sala de espera, donde el Dr. Santillán pasaba c
Seis años después de aquella boda bajo los viñedos, creía que ya lo había visto todo. Creía que mi maestría en supervivencia doméstica me había preparado para cualquier eventualidad: desde las guerras de comida de Liam hasta las incursiones artísticas de April con rotuladores permanentes sobre nuestras paredes recién pintadas. Incluso me sentía cómodo lidiando con los misteriosos objetos que desaparecían y aparecían en el congelador, cortesía de las "investigaciones" de mis dos pequeños detectives.Sin embargo, nada, absolutamente nada, me preparó para la mañana en que Gemma decidió que el aguacate no era solo una fruta, sino un enemigo mortal que debía ser desterrado de nuestra cocina.Era un martes cualquiera. El sol entraba con demasiada alegría por la ventana y yo estaba intentando, sin éxito, que Liam y April se pusieran los zapatos a la vez.—¡Papá, April dice que mi dinosaurio es un herbívoro y quiere comerse sus legos! —se quejó Liam, con el pie derecho descalzo y una expresió
(Recuerdo de la Boda)Si me obligaran a definir nuestra boda con un término legal, no encontraría ninguna categoría que le hiciera justicia. No fue una ceremonia contractual estándar. No hubo el despliegue de opulencia que el apellido West —o las expectativas de mis antiguos socios— habría exigido en otro momento de mi vida. Fue algo distinto, algo que se gestó en el silencio de nuestra propia reconstrucción.Recuerdo la fecha como si fuera ayer: tres años después de aquel reencuentro bajo la lluvia, un año después de haber decidido que estábamos listos para hacer oficial ante el mundo lo que ya era ley en nuestras almas. El lugar elegido no fue una iglesia ni un hotel de lujo, sino una pequeña capilla antigua rodeada de viñedos en las afueras, un sitio donde el tiempo parecía haberse detenido y donde la naturaleza misma parecía actuar como testigo, sin más juicios que el susurro del viento.La mañana de la boda fue extrañamente serena. No hubo nervios destructivos, ni esa ansiedad qu





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