Prohibido Tocar a la Novia: No Debiste Ser Mi Profesor

Prohibido Tocar a la Novia: No Debiste Ser Mi ProfesorES

Romance
Última actualización: 2026-08-19
L. Alejandra  En proceso
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Resumen
Índice

Gemma Brooks llegó a la universidad buscando un nuevo comienzo, no una ruina. Tras una noche de pasión inolvidable con un desconocido, descubre que él es Nolan West: su profesor, su autoridad... y el mejor amigo de su prometido. Ahora, entre las paredes del aula, el deseo se convierte en un juego peligroso donde cada mirada es una traición y cada secreto está a punto de salir a la luz. ¿Podrá el amor sobrevivir cuando la lealtad es el mayor pecado?

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Capítulo 1

Capítulo 1: El caos tiene mi nombre y apellido

Mudarse de ciudad debería ser una actividad regulada por leyes internacionales, algo que requiriera un permiso especial, un examen de salud mental y, preferiblemente, un seguro de vida. Estaba de pie en medio de mi nuevo apartamento en la ciudad universitaria, rodeada de cajas de cartón que parecían haberme declarado la guerra. Algunas estaban etiquetadas como «cocina», otras como «libros», pero la mayoría eran simplemente un recordatorio de que mi vida entera ahora cabía en un espacio que olía a pintura fresca y desesperación. Miré el anillo en mi dedo anular: una piedra preciosa que brillaba con una ironía casi insultante en la penumbra del salón. Finn, mi prometido, el hombre perfecto, el hombre del plan trazado al milímetro, estaba a cientos de kilómetros de distancia, encargándose de los últimos detalles de una boda que, a decir verdad, sentía que se celebraría en otro siglo.

Me senté en el suelo, sobre una caja que sospechaba contenía mis zapatos, y suspiré. El silencio del apartamento era ensordecedor. Necesitaba ruido, necesitaba gente, necesitaba alcohol que no supiera a cartón. Me levanté, me puse un vestido que juré que solo usaría para ocasiones especiales y, con la determinación de una exploradora a punto de cruzar un territorio desconocido, salí a la noche. La ciudad, a diferencia de mi antiguo hogar, era una red de luces y misterios que me atraían con una intensidad eléctrica. Caminé sin rumbo, evitando las zonas más concurridas del campus hasta que encontré un local con un letrero de neón parpadeante: The Blind Spot. El nombre me pareció poético. Era exactamente donde estaba mi juicio en ese momento.

Al entrar, el aroma a madera vieja y bourbon me envolvió como un abrazo. Pedí un vodka con hielo, el primero de lo que prometía ser una larga noche de autocompasión. Estaba absorta en observar cómo el hielo se derretía contra el cristal cuando alguien se sentó en el taburete contiguo. No lo miré de inmediato, estaba demasiado ocupada maldiciendo mentalmente el hecho de que mi madre ya me hubiera enviado tres mensajes preguntándome si los centros de mesa debían ser de rosas blancas o lirios. Cuando finalmente me giré, el choque fue visual. Era un hombre que parecía haber sido esculpido con una intención de causar problemas. Tenía una mandíbula que podía cortar acero y unos ojos que me observaban con una curiosidad tan analítica que me sentí como una tesis doctoral mal escrita.

—Si sigues mirando ese vaso con tanta intensidad, vas a lograr que el hielo se evapore solo por pura presión psicológica —dijo él. Su voz era una mezcla de gravedad y algo aterciopelado que me hizo olvidar por un segundo el tema de los lirios.

—Estoy intentando decidir si mi vida necesita un cambio de rumbo o solo una segunda copa —respondí, sorprendida por mi propia audacia. El alcohol ya estaba haciendo estragos en mi sistema de censura interna.

Él soltó una carcajada breve, un sonido que me resultó extrañamente familiar a pesar de que nunca lo había visto en mi vida. —Mi apuesta es por la segunda copa. Es mucho más económica y, generalmente, ofrece mejores resultados.

Nos enfrascamos en una conversación absurda. Él no mencionó nada de su vida, y yo, por supuesto, omití convenientemente el detalle de que estaba a meses de convertirme en la señora Johnston. Hablamos de literatura —él tenía opiniones increíblemente sarcásticas sobre los clásicos—, de la arquitectura caótica de la ciudad y de lo absurdo que es intentar armar muebles sin un manual en español. Entre risas y tragos, la tensión se volvió palpable. Ya no era solo una charla; era una danza donde cada palabra era un desafío. Me sentía libre. Libre de las expectativas, libre del anillo que pesaba más de lo que admitiría, libre de ser la Gemma que todo el mundo esperaba.

—Tienes una forma muy peculiar de mirar el mundo —me dijo él, acercándose tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su colonia olía a sándalo y a algo que recordaré siempre como peligro.

—Y tú tienes una forma muy arrogante de juzgarlo —repliqué, aunque mis dedos ya estaban buscando la solapa de su chaqueta—. ¿Eres siempre así de insoportable o es que hoy tienes un día especialmente bueno?

—Hoy he tenido un día especialmente malo —susurró, rozando mis labios con los suyos—. Pero ahora mismo, eso es lo último que me importa.

El beso fue un desastre perfecto. Fue impulsivo, caótico y carente de cualquier atisbo de lógica, exactamente lo que necesitaba. No hubo nombres, no hubo intercambio de números, no hubo promesas. Solo fue una urgencia ciega que nos llevó fuera del local, tropezando con el mobiliario de la acera mientras reíamos como adolescentes fugitivos. Terminamos en un hotel cercano cuya única virtud era la inmediatez. Fue una noche de pasiones desenfrenadas, donde las risas se perdían entre las sábanas y donde, por fin, pude soltar toda la presión que me había traído a esta ciudad.

Al despertar, la luz del sol se filtraba por las cortinas, creando un aura que, en lugar de ser romántica, me hizo sentir un pánico absoluto. Miré a mi lado: la cama estaba vacía, aunque la hendidura en la almohada confirmaba que no había sido un sueño febril. En la mesilla, una nota breve decía simplemente: «La vida es demasiado corta para vivirla en blanco y negro». Me reí sola, mientras mi mano buscaba desesperadamente mi anillo de compromiso en el suelo. Me lo puse con la sensación de que, a partir de ese momento, mi vida se dividiría en dos: la persona que era antes de conocer a aquel desconocido y la persona que ahora tenía que aprender a vivir con el secreto más grande de su existencia. No sabía quién era él, ni qué hacía para ganarse la vida, pero algo me decía que el destino, en su cruel sentido del humor, no me permitiría olvidarlo tan fácilmente. Me vestí a toda prisa, saliendo del hotel con el corazón latiendo desbocado, sin saber que el hombre que había compartido mi noche de desenfreno estaba a punto de convertirse en el mayor obstáculo de mi futuro.

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Capítulo 1: El caos tiene mi nombre y apellido
Capítulo 2: El choque académico
Capítulo 3: El estrado de la humillación
Capítulo 4: El precio de alzar la voz
Capítulo 5: La lluvia y la sombra del profesor
Capítulo 6: El umbral del abismo
Capítulo 7: La rendición ante la lógica del deseo
Capítulo 8: El contrato de las sombras
Capítulo 9: El perfume del vacío
Capítulo 10: La arquitectura del silencio
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