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Capítulo 4: El reencuentro fortuito en el hotel boutique de París (Traje arruinado #2)

Ese fin de semana las reglas del juego cambiaron. Nos sumergimos en una burbuja de tensión y romance apasionado donde ninguno de los dos cedió. Pero yo no era tonta; sabía mentir muy bien cuando la situación lo requería.

—Tengo veinticuatro años y trabajo en una empresa de desarrollo de software —le aseguré mirándolo a los ojos cuando me preguntó a qué me dedicaba.

No era del todo una mentira. Aunque apenas tenía dieciocho, mi mente brillante me había convertido en una hacker informática de primer nivel, capaz de burlar la seguridad de cualquier servidor. Para el mundo, yo era una dulce estudiante; en la red, era un fantasma indomable. Demian, convencido de que estaba tratando con una mujer madura y misteriosa de veinticuatro años, aceptó el trato de no revelar nuestros verdaderos nombres.

Pasamos el mejor fin de semana de nuestras vidas, explorando cada rincón de París y de nosotros mismos en esa habitación de hotel. 

El lunes por la mañana llegó con la frialdad de una bofetada de realidad. Cuando los primeros rayos de sol iluminaron los techos de París, me deslicé fuera de la inmensa cama de la suite presidencial antes de que Demian despertara. Dejé la habitación vacía, en total silencio, pensando que todo terminaría ahí. Un hermoso y prohibido recuerdo, cargando en mi cuerpo el dulce dolor de mi inocencia perdida y en mi alma un lazo invisible que no sabía cómo explicar. Regresé a Escocia convencida de que aquello había sido un hermoso, pecaminoso y prohibido error de fin de semana. Un secreto que moriría conmigo.

Qué equivocada estaba. El destino no tenía intenciones de dejarme en paz.

Habían pasado tres meses desde aquella tormenta en París. Tres meses en los que me obligué a enterrar el recuerdo de sus ojos azules, de sus potentes embestidas contra el mármol y de su ronca voz barítona susurrándome al oído. Mi timidez habitual había regresado en cuanto pisé el campus de la prestigiosa facultad de leyes en Escocia. Me mudé a un modesto estudio cerca de la universidad, pagado estrictamente con mis propios ahorros porque me negaba a tocar un solo centavo del millonario imperio de mis padres; estaba decidida a labrarme mi propio camino.

Esa mañana, el Auditorio Principal de la facultad estaba abarrotado de estudiantes de primer año de Derecho Penal. Me senté en una de las filas intermedias, acomodándome las gafas de lectura y encendiendo mi computadora portátil, intentando pasar completamente desapercibida entre el murmullo de la multitud.

El parloteo de la clase se cortó en seco cuando las imponentes puertas traseras del aula se abrieron de golpe.

Unos pasos firmes, elegantes y autoritarios resonaron en el suelo de madera noble, rompiendo el silencio. Alcé la vista de la pantalla sin mucho interés, pero en cuanto mis ojos procesaron la silueta que caminaba con paso de vencedor hacia el estrado, el aire se me escapó por completo de los pulmones. El corazón me dio un vuelco tan violento y caótico que creí que se saldría de mi pecho, estuve a punto de tirar mi portátil al suelo de la impresión.

No podía ser verdad. Tenía que ser una alucinación de mi mente obsesionada por aquel fin de semana en Paris, aún creía que había sido un sueño.

Caminando con una seguridad absoluta, luciendo un impecable traje de tres piezas color azul marino que le entallaba a la perfección el físico parecido al de Superman, estaba él. El adonis de París. El hombre posesivo de la suite presidencial. Demian Cross avanzaba con su cabello negro perfectamente peinado hacia atrás, dejando ver esos elegantes toques entrecanos en las sienes que le daban un aire de madurez implacable.

Apoyó su costoso maletín de piel sobre la mesa del estrado, se giró hacia la clase y paseó su mirada azul, fría y calculadora por todo el auditorio. Era como un depredador analizando a su nuevo rebaño. Cuando sus ojos se toparon con los míos en la mitad del salón, se detuvo. Vi el sutil y casi imperceptible destello de shock y sorpresa en sus pupilas antes de que su rostro volviera a convertirse en una máscara perfecta de arrogancia aristocrática.

Apoyó ambas manos grandes de dedos largos sobre el estrado, se inclinó ligeramente hacia el frente y habló con esa voz profunda y magnética que meses atrás me había hecho gritar de placer en la oscuridad.

—Buenos días a todos —dictó, y su voz barítona retumbó en cada rincón del aula, haciéndome vibrar el vientre—. Soy el doctor Demian Cross, y seré su profesor titular de Derecho Penal este semestre.

 

 

—Ya me he presentado y, por mínima cortesía, les pido que cada uno se presente también, indicando su nombre, fecha de nacimiento y qué esperan de esta clase.

Mientras los estudiantes comenzaban a presentarse, en su mente solo había una pregunta que no dejaba de rondarlo: ¿cuál era la verdadera identidad de aquella chica que había conocido en Escocia y vuelto a encontrar en París?

Tragué saliva con dificultad, sintiendo que la temperatura del aula parecía subir mil grados en cuestión de segundos. Mis manos comenzaron a temblar sobre el teclado.

El hombre que creía que yo era una ingeniera de software de veinticuatro años —esa era la historia que me había inventado para evitar dar detalles personales a quien pensé que sería únicamente una fantasía de fin de semana— iba a descubrir que, en realidad, era su alumna de dieciocho.

Respiré profundamente y, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura, me presenté:

—Mi nombre es Alana Blackwood. Nací el 27 de marzo de 2008 y espero que esta clase de Derecho Penal me permita comprender mejor cómo funciona la justicia, cuáles son los límites que establece la ley y qué consecuencias tienen los delitos para quienes los cometen y para quienes los sufren.

Hice una breve pausa antes de continuar.

—También espero aprender a analizar los casos desde una perspectiva jurídica, comprender por qué determinadas conductas son consideradas delitos y cómo se determina la responsabilidad de una persona ante la ley.

Mis palabras sonaron mucho más tranquilas de lo que realmente me sentía.

Porque, mientras hablaba, solo podía pensar en una cosa: él acababa de descubrir quién era yo realmente.

—En mi aula —continuó Demian, después de escuchar todas las presentaciones, fijando sus ojos azules directamente en los míos con una intensidad criminal que me erizó la piel—, se respetan las leyes de manera estricta. Se cumplen las normas sin excepciones... y las mentiras se pagan muy, pero muy caro. Espero que estén listos para su primera lección, señoritas y caballeros.

Una sonrisa sutil, peligrosa y sumamente arrogante se dibujó en la comisura de sus labios al ver cómo mis mejillas se encendían en un sonrojo salvaje. La advertencia iba dirigida exclusivamente a mí. El hombre dominante con el cual soñé durante varias noches ahora era mi profesor dominante había regresado a mi vida, y la verdadera guerra por un orgullo herido apenas estaba por comenzar.

 

 

Por esa razón, el profesor decidió asignar un trabajo inicial para evaluar los conocimientos previos de los estudiantes y establecer una base desde la cual pudiera organizar sus clases. Además, sería la primera calificación del curso.


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