Mundo ficciónIniciar sesiónAriana Melendez, una heredera oculta, creía tener la vida perfecta hasta que su esposo, Angelo, y su mejor amiga, Bella, la traicionaron de la peor manera posible. Después de perderlo todo, incluso al hijo que llevaba en su vientre, regresa junto a su poderosa familia, consumida por el deseo de venganza. Para castigarla, su padre arregla un matrimonio con Dante Russo, el despiadado hijo de su mayor rival empresarial. Dante Russo, el heredero frío y calculador de su más acérrimo enemigo… y el tío de Angelo. Un solo movimiento suyo bastaría para destruir a su exmarido. Ahora, Ariana está atrapada en un juego peligroso. Por un lado, su juramento de destruir a Angelo y Bella, haciéndolos sufrir exactamente como ella sufrió. Por el otro, su matrimonio forzado con Dante, un hombre tan despiadado como irresistible, cuya lealtad es tan incierta como los sentimientos que ella lucha por mantener bajo control. Ariana juró que nunca volvería a ser una víctima. Pero no contaba con enamorarse del hombre que podría convertirse en su mayor enemigo… o en su única salvación.
Leer másA R I A N A
Estaba sentada en el consultorio del médico, tamborileando nerviosamente los dedos contra mi muslo. La habitación estaba demasiado silenciosa, demasiado fría, y yo estaba completamente tensa.
Las paredes blancas y el olor a antiséptico me revolvían el estómago. Llevaba allí lo que parecían horas, esperando a que la doctora Bennett regresara con mis resultados.
¿Y si algo estaba mal conmigo? Últimamente me sentía extraña. Tenía muchas náuseas matutinas y un cansancio constante que empezaba a preocuparme.
Así que finalmente había decidido hacerme un chequeo.
La puerta se abrió con un leve chirrido y la doctora Bennett entró con una pequeña sonrisa en el rostro.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.
—Ariana —dijo mientras se sentaba frente a mí—. Ya tenemos tus resultados.
Contuve la respiración.
—Estás embarazada.
Las palabras me golpearon como una ola.
Embarazada.
¿Estoy embarazada?
Un bebé.
¿El bebé de Angelo y mío? Después de tantos años intentándolo… ¿por fin iba a tener un bebé?
Mis manos volaron hacia mi vientre mientras las lágrimas me ardían en los ojos.
—¿De verdad? —mi voz apenas fue un susurro.
La doctora Bennett asintió.
—Sí. Tienes aproximadamente seis semanas de embarazo. Todo parece estar perfectamente bien.
No podía dejar de sonreír mientras una lágrima resbalaba por mi mejilla.
Un bebé.
Después de todo este tiempo, después de tantos meses de esperanza, finalmente estaba sucediendo.
Angelo iba a ser padre.
Solo podía imaginar lo feliz que estaría. Tanto como yo… aunque, si era posible, seguramente él estaría todavía más feliz.
—Muchas gracias —dije, levantándome emocionada.
Salí del hospital soltando el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Angelo había estado… distante últimamente. Desde que había recibido ese ascenso en el trabajo, vivía enterrado entre documentos, reuniones nocturnas y estrés.
Apenas tenía tiempo para mí y aquello empezaba a dolerme. Aunque yo había sido la razón detrás de su ascenso, me dolía no recibir toda su atención como antes.
Pero quizá, solo quizá, un bebé conseguiría que volviera a mí… a nosotros.
Esa noche era nuestro cuarto aniversario. Había planeado todo a la perfección.
Una cena en La Rosa, el restaurante más exclusivo de la ciudad.
El restaurante que pertenecía a mis padres.
El lugar donde finalmente le diría la verdad a Angelo.
La verdad que había estado ocultando durante años.
Yo no era simplemente Ariana Lopez, la chica sencilla de la que se enamoró en la universidad.
Era Ariana Melendez.
La heredera de la fortuna Melendez.
Mi familia era dueña de la mitad de los hoteles y restaurantes de la ciudad, además de varias empresas tecnológicas. Pero lo había ocultado todo porque quería que Angelo me amara por quien yo era, no por mi apellido ni por mi dinero.
Pero ahora… ahora había llegado el momento.
Esa noche le contaría a Angelo dos cosas que cambiarían nuestras vidas:
Íbamos a tener un bebé.
Yo era una Melendez.
Solo le pedía a Dios que no me odiara por haberle mentido.
De verdad lo deseaba.
El sonido de mi teléfono me sacó de mis pensamientos.
Lo saqué del bolso y el nombre que aparecía en la pantalla llamó inmediatamente mi atención.
Era Bella, mi mejor amiga.
—¡Hey! ¿Dónde has estado? Llevo intentando comunicarme contigo…
La interrumpí antes de que pudiera comenzar con sus reclamos.
—Estoy embarazada —anuncié, llevándome una mano a la boca.
Se quedó en silencio.
Durante casi un minuto.
Hasta que finalmente gritó:
—¡¿Qué?! ¡¿Qué has dicho?!
Asentí, como si pudiera verme a través del teléfono, con lágrimas en los ojos.
—¡Sí! Voy a tener un bebé… Angelo y yo finalmente vamos a ser padres —añadí.
—¡WOW! ¡Felicidades! Estoy tan feliz por ti. ¡Dios mío, voy a ser madrina! —gritó emocionada.
—Está bien, Bella. Te llamaré después, ¿sí? Tengo algo que atender —dije cuando recibí la llamada del restaurante que había reservado.
Llamaban para confirmar los platos que prepararían para la cena. Después de terminar la llamada, me dirigí a casa para arreglarme.
—
Me encontraba frente al espejo, en la entrada del restaurante, alisando mi vestido rojo.
Se ajustaba perfectamente a mis curvas. La tela suave rozaba mi piel, mientras mi cabello oscuro caía en ondas sueltas por mi espalda. Mi maquillaje era ligero, pero hacía que mi rostro tuviera un brillo especial.
Perfecto.
La mesa en La Rosa estaba reservada. Le había dado instrucciones estrictas al chef: los platos favoritos de Angelo y el vino más caro.
Y al final de la noche, cuando llegara el momento indicado, le entregaría una pequeña caja.
¿Dentro?
Un pequeño body de bebé que decía:
“Hola, papá”.
Y entonces… entonces se lo contaría todo.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Angelo.
“Voy a llegar tarde. Cosas del trabajo. Estaré allí pronto.”
Suspiré.
Por supuesto.
Últimamente siempre era el trabajo.
Pero esa noche no permitiría que nada arruinara nuestro aniversario.
Solté el aire lentamente y me dirigí hacia la mesa.
—Señora Melendez, ¿desea algo? —preguntó el camarero con una sonrisa cortés.
Negué con la cabeza mientras miraba la hora.
Ya había pasado una hora y Angelo todavía no aparecía.
Había intentado llamarlo varias veces, pero su teléfono estaba fuera de servicio. También le había enviado innumerables mensajes preguntándole dónde estaba, pero no había respondido a ninguno.
Empezaba a preocuparme.
¿Estaría bien?
¿Le habría ocurrido algo?
Solté un suspiro y tomé mi teléfono. Decidí llamar a Marcus, mi asistente personal, para preguntarle si Angelo había salido de la oficina.
—¿Hola?
—¿Sí, jefa?
—¿Angelo ya salió de la oficina? —pregunté, cada vez más preocupada.
—Sí. Se fue a las cinco de la tarde —respondió.
Sentí que el corazón se me hundía.
Angelo se había ido tan temprano y, aun así, me había dicho que estaba trabajando y que llegaría tarde.
¿Por qué me mentiría?
Definitivamente algo no estaba bien.
—¿Estás seguro? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Sí, señora Melendez… lo vi registrar su salida —confirmó.
—Está bien. Muchas gracias —dije antes de terminar la llamada.
Miré la hora.
Ya eran las once de la noche y Angelo todavía no había aparecido.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos mientras sentía que cada pedazo de mi corazón se hacía añicos.
Había arruinado la noche que tanto me había esforzado por preparar.
Más le valía a Angelo tener una muy buena razón para haber arruinado nuestra cena de aniversario.
A R I A N ABajé las escaleras lentamente, con los pies descalzos y fríos contra el suelo de mármol. La mansión era todavía más impresionante a la luz del día: techos altísimos, obras de arte costosas por todas partes… Se sentía más como un museo que como un hogar.Lina caminaba delante de mí, todavía hablando sin parar.—…y al señor Russo no le gusta que nadie toque sus cosas —decía—. ¡Ah! Y nunca entre en su despacho. Ese es su espacio privado. Se enfada muchísimo si alguien lo molesta allí.Apenas la escuchaba.Mi estómago rugió cuando el aroma de la comida llegó hasta mí.El comedor era enorme, con una mesa capaz de acomodar a unas veinte personas, pero solo había un lugar preparado.Para mí.La comida se veía deliciosa: fruta fresca, pasteles calientes, huevos perfectamente preparados…Pero no tenía apetito.Pinché distraídamente una fresa con el tenedor mientras Lina permanecía cerca.—El señor Russo es muy reservado —continuó mientras me servía jugo de naranja—. No le gusta que
A R I A N ALa recepción de la boda finalmente terminó.No más sonrisas falsas.No más fingir que estaba feliz.No más soportar las miradas de Angelo desde el otro lado del salón.Dante no me dirigió una sola palabra mientras nos marchábamos. Simplemente me agarró del brazo y me condujo hasta su auto negro, que nos esperaba afuera.El trayecto hasta su mansión fue completamente silencioso.Me senté lo más lejos posible de él, pegada a la puerta, contemplando las luces de la ciudad que pasaban al otro lado de la ventana.Todavía me dolía la garganta donde me había apretado.Y el anillo de bodas se sentía pesado y fuera de lugar en mi dedo.Dante no me miró ni una sola vez durante todo el trayecto. Se mantuvo ocupado con el teléfono, con la mandíbula tensa y los dedos golpeando la pantalla con impaciencia.Cuando el auto finalmente se detuvo, me di cuenta de que estábamos frente a una enorme mansión oscura, mucho más grande que la de mi familia.Dante salió primero.No me esperó.No me
A R I A N AMe sentía asfixiada. El salón de recepción era demasiado ruidoso, estaba demasiado lleno de gente que me sonreía como si aquello fuera una ocasión feliz.Sentía que no podía respirar.—Necesito ir al baño —murmuré, sin dirigirme a nadie en particular, mientras apartaba la silla.Dante levantó la mirada de su conversación con uno de sus socios. Sus ojos oscuros estudiaron mi rostro durante unos segundos antes de hacer un leve gesto con la cabeza.Me alejé rápidamente antes de que alguien pudiera seguirme.El baño estaba vacío, gracias a Dios.Cerré la puerta con llave y, por fin, finalmente me permití derrumbarme.Las lágrimas corrieron por mi rostro, arruinando mi maquillaje perfecto. Mi pecho subía y bajaba entre sollozos silenciosos mientras me aferraba al lavabo para sostenerme.Esto no era justo.Nada de esto era justo.Sí, había cometido un error con Angelo.Sí, había desobedecido a mi padre.Pero ¿esto?¿Que me entregaran en matrimonio a un desconocido?¿Y precisamen
A R I A N ATal como mi padre había dicho, dos días después estaba casándome con Dante Russo.La mañana de mi boda llegó como una sentencia de muerte.Me senté rígida frente al tocador mientras un equipo de estilistas revoloteaba a mi alrededor, transformándome en la novia perfecta.El vestido blanco se ceñía a mi cuerpo, mientras el encaje me raspaba la piel. El pesado velo descansaba sobre mi cabeza como una corona de espinas.No sentía nada.Vacía.Muerta por dentro.La chica que me devolvía la mirada desde el espejo era una desconocida. Rostro pálido, labios rojos, ojos vacíos. Parecía una muñeca vestida para una función.—Hermosa —murmuró la maquilladora mientras aplicaba más polvo sobre mis mejillas.No respondí.¿Qué tenía de hermoso todo aquello?¿Ser entregada como ganado para pagar por mis errores?Tragué con dificultad mientras sentía los ojos arderme por las lágrimas.El odio que sentía por mi padre ardía dentro de mí como un fuego imposible de apagar.Un golpe en la puert
Último capítulo