Andrew
La puerta se cierra detrás de nosotros y el sonido resuena como un disparo.
Durante un segundo, solo hay silencio.
Un silencio espeso, cargado, falso.
Hellen suelta mi brazo con una sacudida brusca, como si le quemara tocarme. Da unos pasos hacia el centro de la sala, todavía con el vestido blanco impecable, el velo torcido, el maquillaje intacto… y se queda quieta.
La observo. Sé que algo viene.
—No —dice de pronto, con una risa seca—. No, no, no.
Gira sobre sí misma y toma el primer objeto que encuentra: un jarrón de vidrio grueso, pesado. No me da tiempo a reaccionar. Lo lanza contra el suelo con toda su fuerza.
El estallido es brutal.
—¡¿TE GUSTÓ?! —me grita—. ¡¿TE GUSTÓ HACERME ESTO?!
No respondo. No puedo.
Ella camina de un lado a otro como un animal enjaulado. Agarra un cojín y lo arroja contra la pared. Luego otro. Luego un marco. Todo vuela.
—¡EL DÍA DE MI BODA, ANDREW! —chilla—. ¡EL DÍA DE MI PUT* BODA!
Arranca una lámpara del enchufe y la deja caer. El golpe resuena