EVA
Noto como los acercamientos del señor luchas crecen con el pasar de los días.
No es un gesto concreto ni una frase directa. Es la forma en que se sienta frente a mí en la cafetería cuando hay mesas libres en otros lados. Es cómo recuerda que no me gusta el azúcar en el café y deja el sobre intacto en la bandeja, como si fuera una casualidad. Es el modo en que me pregunta por el trabajo sin convertirlo en una evaluación, sino en una conversación.
Yo respondo con naturalidad, sin leer nada entre líneas. No porque sea ingenua, sino porque no tengo espacio mental para eso. Estoy concentrada en aprender, en no equivocarme, en sostenerme en un lugar que todavía se siente frágil.
Además, no quiero pensar en relaciones. No ahora.
—¿Te acostumbras al ritmo? —me pregunta una mañana, mientras se sienta frente a mí con su café.
—A ratos —respondo—. Es distinto a un set, pero no menos intenso.
—Eso seguro —dice—. Aquí nadie grita "corten".
Sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa sin