No debería importarme.
Eso es lo primero que pienso cuando veo a Eva sentada frente a Lucas en la cafetería, inclinada apenas hacia adelante mientras habla, con una atención que no le había visto antes. No es una escena íntima. No hay gestos evidentes. No hay nada que, objetivamente, pueda señalar como una traición.
Y aun así, algo se instala en el pecho.
No es rabia. Tampoco miedo. Es una incomodidad persistente, como si alguien hubiera movido una pieza que yo daba por fija.
Intento concentrarme en la reunión que tengo frente a mí, pero no lo logro del todo. Las palabras pasan sin quedarse. Los informes se acumulan en la mesa sin que realmente los lea. Respondo cuando es necesario, hago comentarios puntuales, pero mi atención no está ahí.
Está en otra parte.
En la manera en que Eva no me mira cuando paso. En cómo no busca confirmación ni permiso. En lo fácil que parece resultarle seguir adelante sin mí.
Eso, más que cualquier gesto explícito, me irrita.
Ella está jugando conmigo, qui