No debería importarme.
Eso es lo primero que pienso cuando veo a Eva sentada frente a Lucas en la cafetería, inclinada apenas hacia adelante mientras habla, con una atención que no le había visto antes. No es una escena íntima. No hay gestos evidentes. No hay nada que, objetivamente, pueda señalar como una traición.
Y aun así, algo se instala en el pecho.
No es rabia. Tampoco miedo. Es una incomodidad persistente, como si alguien hubiera movido una pieza que yo daba por fija.
Intento concentrar