Rubi llega tarde, como casi siempre, y yo la espero sentada en el borde del sillón con el celular en la mano. He leído el mismo mensaje tres veces sin procesarlo del todo. No porque no lo entienda, sino porque todavía me cuesta creerlo.
—Llegué —dice, dejando la mochila en el suelo—. ¿Qué cara es esa?
Levanto la vista.
—Me llamaron para una sesión de fotos.
Se queda quieta un segundo.
—¿Qué?
—Una editorial.
Su reacción no es inmediata. Parpadea, como si necesitara confirmar que no escuchó mal.