Rubi llega tarde, como casi siempre, y yo la espero sentada en el borde del sillón con el celular en la mano. He leído el mismo mensaje tres veces sin procesarlo del todo. No porque no lo entienda, sino porque todavía me cuesta creerlo.
—Llegué —dice, dejando la mochila en el suelo—. ¿Qué cara es esa?
Levanto la vista.
—Me llamaron para una sesión de fotos.
Se queda quieta un segundo.
—¿Qué?
—Una editorial.
Su reacción no es inmediata. Parpadea, como si necesitara confirmar que no escuchó mal. Después sonríe. No una sonrisa exagerada. Una de esas que salen cuando algo bueno llega sin aviso.
—Te lo dije —dice—. Te lo dije.
—No cantes victoria —respondo—. Es solo una sesión.
—Es algo, ya te estás haciendo conocida.
Se sienta a mi lado y me quita el celular de las manos para leer el mensaje ella misma, como si eso lo hiciera más real.
—¿Dónde es? —pregunta.
—Un estudio al otro lado de la ciudad.
—Perfecto —dice—. Lejos de todo lo que te distrae.
No respondo de inmediato. Rubi me mira.
—¿