El mar Egeo se extendía bajo el yate Aura como una sábana de zafiro líquido, salpicada por las luces de las islas griegas que parecían estrellas caídas. A bordo, la decadencia era el código de vestimenta. Champán de miles de euros, risas forzadas de la élite europea y el olor a perfume caro mezclado con la brisa salada. Bianca, ahora transformada en una visión de elegancia helénica, caminaba por la cubierta principal. Llevaba un vestido de seda azul profundo, del color del océano a medianoche, con la espalda descubierta y un collar de zafiros que perteneció a su madre. Su cabello chocolate estaba recogido en un moño sofisticado, revelando la línea perfecta de su cuello.
A su lado, Alessandro era la personificación del poder silencioso. Vestía un traje de lino blanco hecho a medida que resaltaba su piel bronceada y la intensidad de su mirada. Su mano descansaba en la pequeña espalda de Bianca, no como un gesto de afecto, sino como una marca de propiedad que nadie en ese barco se atreve