El mar Egeo se extendía bajo el yate Aura como una sábana de zafiro líquido, salpicada por las luces de las islas griegas que parecían estrellas caídas. A bordo, la decadencia era el código de vestimenta. Champán de miles de euros, risas forzadas de la élite europea y el olor a perfume caro mezclado con la brisa salada. Bianca, ahora transformada en una visión de elegancia helénica, caminaba por la cubierta principal. Llevaba un vestido de seda azul profundo, del color del océano a medianoche,