El sol de la Toscana surgió entre los viñedos con una indiferencia cruel, bañando de oro un paisaje que aún olía a pólvora y muerte. Dentro de la pequeña caseta de piedra, el aire era denso, cargado con el rastro de la pasión desesperada que había estallado entre las cenizas de la batalla. Bianca se separó de Alessandro, ajustando su vestido de seda desgarrado con manos temblorosas. Sus ojos se encontraron por un segundo; ya no eran los de una víctima y su verdugo, sino los de dos soldados que habían compartido una trinchera y algo mucho más oscuro.
Alessandro la observó mientras ella se recogía el cabello chocolate. La herida de su hombro pulsaba con un dolor sordo, pero su atención estaba centrada en la marca roja que sus propios dedos habían dejado en la cadera de Bianca. Un instinto de protección, primitivo y feroz, se había enraizado en él. Ya no quería poseerla solo para castigar a Giuseppe; quería aniquilar a cualquiera que se atreviera a mirarla.
—Tenemos que movernos —dijo Al