La pequeña taberna "El Ojo del Cíclope", escondida en una cala rocosa al sur de Chania, olía a salitre, ouzo barato y leña quemada. Era el último refugio antes del infierno. En la habitación del piso superior, con las ventanas cerradas para bloquear el sonido del mar Egeo, el aire entre Bianca y Alessandro vibraba con una tensión que ya no era solo peligro, sino una necesidad física desesperada.
Llevaban horas repasando los planos de la cripta, limpiando sus armas en silencio. La revelación sobre Lefteris había abierto heridas antiguas en Alessandro y creado nuevas cicatrices en Bianca. Se miraban y veían el reflejo de su propio dolor y furia. La adrenalina acumulada no tenía a dónde ir, y la cercanía en ese cuarto pequeño se volvió insoportable.
Alessandro cerró el maletín de las armas con un chasquido seco. Se puso en pie, y su presencia llenó la habitación. No dijo nada. Caminó hacia Bianca, que estaba sentada al borde de la cama antigua, y la levantó tomándola de los brazos con un