La pequeña taberna "El Ojo del Cíclope", escondida en una cala rocosa al sur de Chania, olía a salitre, ouzo barato y leña quemada. Era el último refugio antes del infierno. En la habitación del piso superior, con las ventanas cerradas para bloquear el sonido del mar Egeo, el aire entre Bianca y Alessandro vibraba con una tensión que ya no era solo peligro, sino una necesidad física desesperada.
Llevaban horas repasando los planos de la cripta, limpiando sus armas en silencio. La revelación sob