La península de Saint-Jean-Cap-Ferrat se extendía sobre el Mediterráneo como un brazo de terciopelo verde y roca blanca, ajena a los gritos de la mafia y al zumbido de los servidores de Singapur. El Mercedes negro avanzaba por la cornisa con una lentitud casi ceremonial, escoltado por el susurro de los pinos marítimos y el aroma a lavanda que saturaba el aire caliente de la tarde. Bianca —ahora Maya— miraba por la ventanilla con el corazón latiendo contra sus costillas con una fuerza que amenaz