El sótano de la cabaña olía a humedad, a desinfectante y a la sangre estancada de un hombre que solía creerse un dios. Alessandro Castiglione estaba encadenado a una viga de hierro, con el torso desnudo y un vendaje blanco cruzándole el hombro derecho. La bala de Bianca no había tocado el hueso, pero el mensaje había calado hondo en su médula: ella ya no le temía.
Bianca entró en la celda improvisada con un cuenco de agua tibia y suministros médicos. Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos