El Veneno y la Ventisca

El calor del hogar en la cabaña era un insulto comparado con el frío que se instaló en el pecho de Bianca cuando Elias Thorne dejó una carpeta de cuero desgastado sobre la mesa de roble. Fuera, la tormenta islandesa aullaba, ocultando el sonido del mundo, pero dentro, el silencio era mucho más peligroso.

—Su madre era una mujer precavida, Bianca —dijo Elias, su voz cargada de una pesadumbre antigua—. Ella sabía que su salud se deterioraba de una forma que no encajaba con la genética de los Karagiannis. Antes de morir, me entregó muestras de su cabello y de su sangre, custodiadas en una clínica privada en Suiza bajo un nombre falso. Acabo de recibir los resultados finales de la contrapericia.

Bianca abrió el sobre. Sus ojos recorrieron los términos médicos hasta que una palabra saltó de la página como un verdugo: Arsénico.

—No fue cáncer —susurró Bianca, sintiendo cómo el mundo que recordaba se terminaba de desmoronar—. Fue él. Mi padre.

—Giuseppe necesitaba el control total de los fon
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