El calor del hogar en la cabaña era un insulto comparado con el frío que se instaló en el pecho de Bianca cuando Elias Thorne dejó una carpeta de cuero desgastado sobre la mesa de roble. Fuera, la tormenta islandesa aullaba, ocultando el sonido del mundo, pero dentro, el silencio era mucho más peligroso.
—Su madre era una mujer precavida, Bianca —dijo Elias, su voz cargada de una pesadumbre antigua—. Ella sabía que su salud se deterioraba de una forma que no encajaba con la genética de los Kara