El aire de Calabria no era como el de Islandia; era pesado, cargado de salitre, humedad y el aroma rancio de la corrupción que se filtraba en los puertos privados controlados por la 'Ndrangheta. El yate de lujo, propiedad de una de las empresas fantasma de Helena Karagiannis, atracó en un muelle oculto cerca de Gioia Tauro al amparo de una luna menguante.
Bianca bajó la pasarela con una elegancia depredadora. Su cabello chocolate brillaba bajo las luces del puerto, y su vestido de seda negro, ceñido al cuerpo y con una abertura lateral que revelaba una funda de cuero en su muslo, gritaba poder. A su lado, Elias Thorne caminaba como un centinela silencioso. Detrás de ellos, custodiado por dos mercenarios griegos, caminaba Alessandro. Ya no llevaba cadenas visibles, pero un dispositivo de choque en su tobillo y la vigilancia constante de Gunnar eran recordatorios de su estatus.
—Recuerda —susurró Bianca, deteniéndose frente a Alessandro antes de entrar al recinto donde se celebraba la r