Lysandra subió las escaleras del sótano con las piernas temblorosas, aunque su rostro se mantenía como una máscara de granito. Había dejado a Adrián destruido, no solo físicamente, sino en la esencia de su orgullo. Sin embargo, el vacío que sentía en el pecho no se llenaba con la victoria. Necesitaba aire, necesitaba distancia de esa mansión que olía a traición y a enfermedad. El teléfono en su bolsillo vibró. Era un mensaje de Maximilian. Era corto, autoritario, imposible de ignorar:
“Reunión