Lysandra permaneció en la penumbra de su despacho mucho después de que Julian Chen se marchara. El silencio era su único aliado, una capa espesa que amortiguaba el latido desbocado de su corazón. Había logrado lo imposible: Adrián acababa de firmar su propia sentencia de muerte civil y penal. Sin embargo, no sentía la paz que esperaba. Sentía un hambre negra, una necesidad de ver el impacto del golpe en la carne de quien la destruyó.
Se levantó del escritorio. Sus piernas se sentían pesadas, ca