La mañana siguiente sobre la mansión Valerius no trajo paz, sino una claridad hostil que desnudaba la decadencia de sus habitantes. Lysandra estaba sentada a la cabecera de la mesa del comedor, una pieza de caoba maciza que parecía un mausoleo bajo la luz cenicienta que se filtraba por los ventanales. Vestía un conjunto de seda color sangre y bebía café negro, observando la puerta con una fijación que anticipaba la caída final de su presa.
Adrián entró en la estancia arrastrando los pies. Lysan