Los cristales estallaron en mil pedazos, cubriendo la alfombra y la piel de Adrián. Él soltó un alarido, protegiéndose los ojos con los antebrazos mientras Lysandra, poseída por una furia que no conocía límites, avanzaba sobre él con los puños cerrados. La sangre del hombro de Adrián goteaba sobre el mármol, pero ella no sentía lástima; sentía una satisfacción eléctrica.
—¡Lárgate de esta habitación! —le gritó Lysandra, con un tono de voz que no era humana; si no un rugido de dolor acumulado du