Lysandra permaneció sentada en la oscuridad de su habitación, con la mirada fija en el techo. El eco de las sirenas todavía vibraba en sus oídos, pero era el tacto de Maximilian en su entrepierna lo que no la dejaba respirar. Se sentía sucia, no por el acto en sí, sino por la facilidad con la que su cuerpo había traicionado su voluntad. Odiaba a Maximilian. Lo odiaba por su arrogancia, por su forma de marcar territorio y por recordarle que, bajo su armadura de hierro, y su figura curvilinea imp