La fortaleza de los Pirineos, que debía ser el bastión de la nueva era de Lucía y Diego, se sentía esa noche como una morgue de lujo. El aire estaba viciado, cargado con el olor a ozono de los laboratorios y el perfume rancio de las flores de cimiento que la Hermandad tanto amaba.
Al cruzar el umbral del gran comedor, el tiempo se congeló.
Sentado a la cabecera de la mesa, de espaldas a ellos, un hombre de hombros anchos y cabello canoso perfectamente peinado leía un ejemplar de Le Monde. A su