El búnker vibraba bajo el peso del Palacio de los Espejos, que se desmoronaba en la superficie como un castillo de naipes de cristal. El aire en la habitación blindada era denso, impregnado del olor a ozono de los circuitos quemados y el sudor frío de Lucía. Ella sostenía a Mateo contra su pecho, sintiendo el latir desbocado del corazón del niño, mientras su linterna iluminaba la figura que emergía del conducto de ventilación.
Era un Diego. Pero no el Diego que acababa de morir en el tiroteo de