El silencio en el Palacio de los Espejos era absoluto, roto únicamente por el siseo del sistema de climatización que luchaba contra el calor asfixiante del Sahara. Lucía sentía que el suelo de mármol desaparecía bajo sus pies. A su derecha, el Diego que la había rescatado, el hombre que olía a pólvora, lluvia y desesperación; frente a ella, en el estrado, una versión anciana, marchita y encadenada del mismo rostro.
—No... no es posible —susurró Lucía, su voz quebrándose como cristal fino.
El Di