El aire en la Catedral de San Juan se volvió denso, cargado con el olor a incienso rancio y el ozono de una tormenta inminente. Los dos hombres —dos versiones exactas del mismo depredador— se miraban con un odio que hacía vibrar los vitrales góticos.
A la izquierda de Lucía, el Diego que la había rescatado del faro, con su cicatriz en el hombro y el cansancio de mil batallas en los ojos. A la derecha, el Diego que acababa de entrar, una visión de perfección helada, respaldado por la figura espe