El jet privado de los Valdivia cortaba las nubes sobre los Alpes Suizos como una daga de plata. En la cabina, el silencio era tan denso que el zumbido de los motores parecía un grito. Diego limpiaba su rifle de precisión con una calma metódica, pero sus ojos, fijos en el horizonte nevado, eran dos pozos de tormenta.
Lucía estaba sentada frente a él, mirando la tablet que Bianca le había entregado. La imagen de Mateo moviendo esa pieza de ajedrez se repetía en su mente. No era solo un juego; era