El silencio en el jardín de la nueva fortaleza de los Pirineos era tan gélido como la nieve que coronaba las cimas circundantes. Diego mantenía el arma alzada, con el dedo acariciando el gatillo, mientras sus ojos escaneaban el perímetro buscando al francotirador que, lógicamente, debería estar cubriendo la llegada de la niña.
Pero no había nadie. Solo el viento silbando entre los pinos y la risa inocente de Mateo, que sostenía la mano de la pequeña Bianca como si hubiera encontrado a una herma