La lluvia de Marbella empezó a caer, lavando la ceniza de la mansión quemada, pero nada podía limpiar la frialdad que emanaba de la mujer que esperaba en la entrada. Elena de Borbón, la Primera Ministra, no lucía como una política en medio de un escándalo; lucía como una mujer que acababa de llegar a una reunión de negocios largamente esperada.
—¿Gran Maestre? —la voz de Diego fue un gruñido peligroso, su mano instintivamente buscando el arma, pero Lucía le puso una mano en el pecho.
Lucía dio