Mundo ficciónIniciar sesiónGianluca Bellandi creció entendiendo que el poder se impone con sangre, lealtad y silencio. Katerine Hiddleston, princesa heredera al trono británico, fue criada para ser impecable, intocable, símbolo antes que mujer. Cuando sus mundos colisionan, no se trata solo de un amor prohibido: es un riesgo geopolítico, un escándalo capaz de provocar guerras silenciosas, chantajes internacionales y la caída de dos imperios muy distintos. Ella representa la institución más vigilada del mundo. Él, una familia que vive en las sombras. Amarse no es una opción. Es un acto de traición.
Leer más〚KATERINE〛
—Vamos, Katerine, trata de divertirte —me dice Bianca, levantando su copa y chocándola suavemente con la mía—. Después de tanto insistir, finalmente lograste que tu padre te dejara salir con nosotras. Aprovecha la noche.
Yo la miro y trato de sonreír, pero la verdad es que ni siquiera me siento en condiciones de disfrutarlo. Me ajusto mi peluca rubia. Sí. Puedo beber un poco, bailar tal vez, pero al final, ¿qué tanto puedo hacer aquí? Estoy rodeada de escoltas y, aunque el aire del club me envuelve como una manta cálida, sé que esto es solo un espejismo. Un rato fugaz. Mañana, mi vida volverá a la normalidad. Soy la princesa heredera del Reino Unido, y ni el alcohol ni el ruido de la música podrán cambiarlo.
Mis ojos recorren el lugar, buscando algo en qué concentrarme, algo que me saque de mis pensamientos. Pero es inútil: la corona parece pesar sobre mis hombros incluso en medio de luces de neón y cuerpos que se mueven al ritmo de la música.
—Todo esto es una farsa —murmuro, mientras doy otro sorbo a mi bebida—. Solo beber un poco, bailar y fingir que soy alguien más.
Natasha, siempre tan directa, me mira con simpatía.
—Bueno, es mucho más de lo que has podido hacer en toda tu vida —dice, su tono está cargado de esa sinceridad que me molesta y me reconforta a la vez—. Al menos disfruta. Tómate un par de tragos, ¡bailemos!
¿Cómo puedo disfrutar de algo sabiendo que mi vida está predestinada? Que las decisiones que tomo hoy, esta noche, no significan nada frente al peso de lo que se espera de mí mañana. La corona no se quita al llegar a un club nocturno. Mis escoltas, mi familia, mi destino. Todo eso sigue ahí, acechando, como sombras que no me permiten respirar.
Bianca, al ver que no me muevo, se inclina hacia mí con una sonrisa pícara, levantando una ceja.
—No sé… Yo creo que esta noche deberías alocarte un poco. ¿No crees?
Yo la miro, incrédula, y por un momento me siento casi… infantil. Me río, pero es una risa nerviosa, sin ganas. La sensación de querer romper las reglas y, al mismo tiempo, sentir que no puedo, me oprime el pecho.
—¿Alocarme de qué manera? ¿Tú no ves que tengo a diez hombres cuidándome la espalda? —respondo, señalando discretamente a los de seguridad que están dispersos entre las mesas. No puedo hacer nada sin que estén pendientes, sin que vigilen cada paso, cada palabra. Si tan solo pudiera desaparecer un rato, ser solo una chica más, sin todo este peso.
—Vamos, no te van a prohibir bailar con alguno de estos guapos ejemplares que están por aquí —dice Natasha con picardía, mirando alrededor como si fuera una cazadora a punto de atrapar su presa.
Me recuesto en mi silla, cruzando los brazos con fuerza, tratando de esconder la incomodidad que se acumula en el pecho. Una parte de mí quiere ceder, soltarse, sentir que el mundo no me observa constantemente. Pero otra parte grita que eso es imposible, que cada movimiento mío es observado, registrado, interpretado.
—No, no, no tengo ánimos hoy para estar conociendo chicos —respondo, sintiendo cómo mis palabras salen secas, sin mucha emoción.
Natasha, con una sonrisa maliciosa, me da un golpe en el costado con el codo.
—¿Y cuándo vas a tener ánimos? ¿Cuando estés casada con ese imbécil? —dice, refiriéndose a mi prometido.
Un peso se asienta sobre mí. Mi futuro. La corona. Él. La familia. Todo lo que tengo que hacer por el bien de la monarquía. No tengo opción, nunca la he tenido. Y sin embargo, hay un pequeño latido de rebeldía que se niega a desaparecer, un susurro dentro de mí que me dice: “Quizá esta noche pueda sentir algo que sea solo mío”.
—Ay Dios —murmura Bianca—, si lo que dicen en la prensa amarillista es cierto, te espera un infierno al lado de ese idiota.
—No sean tan duras —respondo, pensativa, mientras miro a mis amigas—. Él tiene una personalidad un tanto peculiar, pero no es mala persona. Ambos estamos en este lío porque simplemente tenemos que cumplir. Ese matrimonio está arreglado desde antes de que naciéramos.
Me siento como si las palabras que acabo de decir no fueran mías. Cumplir, eso es todo lo que hago. Cumplir con lo que mi familia espera de mí, con lo que el destino ha trazado para mí. Pero dentro de mí, algo grita por liberarse de esa carga, aunque sé que no puedo.
Natasha se inclina hacia adelante, con esa mirada traviesa que siempre tiene cuando está a punto de hacer una sugerencia peligrosa.
—Pues con más razón, debes disfrutar esta noche, con un hombre guapo que te atraiga, antes de que el peso de la responsabilidad te aplaste.La idea de disfrutar me cala, pero ¿puedo realmente hacerlo? Si tan solo tuviera una oportunidad, si tan solo pudiera sentir que soy dueña de mi vida, aunque sea por unas horas. ¿Qué sentiría si alguien realmente me viera, no como princesa, sino como Katerine, la persona detrás de la corona?
Y entonces, de repente, Natasha da un pequeño codazo en mi costado, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué te parece aquel que está allá? —pregunta, señalando discretamente hacia una mesa en un rincón.
Giro la cabeza sin pensarlo, y ahí está. Él. Mis ojos se encuentran con los suyos y, por un instante, el mundo parece desaparecer. Elegante. Guapo. Indescifrable. Los tatuajes en sus manos, aunque apenas los puedo distinguir en la penumbra, me dicen más que mil palabras. Su mirada es intensa, como si pudiera ver todo lo que soy y lo que no soy.
Mi corazón late más rápido, como si hubiera reconocido algo en él que no puedo ignorar. Mi respiración se vuelve más pesada, pero trato de disimularlo. Una parte de mí siente miedo: ¿y si me dejo llevar y pierdo el control? Y entonces, esa parte, la que se estremece ante la posibilidad de sentir algo propio, algo que no está predestinado ni supervisado, me empuja a reaccionar.
—Uff, está buenísimo —murmuro, sin poder evitarlo, más para mí misma que para ellas.
Bianca sonríe con esa diversión que siempre tiene cuando sabe que acaba de encender algo en mí.
—Entonces ese será tu objetivo esta noche —dice, sonriendo burlonamente.
Siento una presión en el pecho, como si la idea misma de acercarme a él fuera una transgresión, algo prohibido. Mi mente entra en caos. No tengo ni idea de quién es este hombre, ni lo que realmente quiero de él. Pero una parte de mí, una parte muy pequeña, me dice que este podría ser el respiro que tanto necesito. Solo por esta noche.
“Lo intentaré noche tras noche hasta que un médico me confirme que llevas a mi hijo...”, la frase se le incrustó en el cerebro y ella sintió que le faltaba el aire. Fue un golpe de fisura: el mundo se hizo pequeño, los sonidos se distorsionaron y por un instante tuvo la certeza absurda de que no había escuchado bien.Por su lado, Takeshi, como si hubiera dicho algo común y corriente, dio un sorbo a su té y siguió hablando como si nada, sin relación aparente con lo anterior:—Este nigiri está excepcional. —Miró a la cocinera con una naturalidad que irritó aún más a Erika, un gesto de cortesía pública que borraba cualquier rastro de la violencia verbal que acababa de soltar. La cocinera, erguida junto a la pared, recibió la felicitación con una leve inclinación; su cara era profesional, impasible.Erika lo observó, incrédula, la ira mineralizándose en cada músculo de su rostro. ¿Cómo podía actuar tan impávido? ¿Cómo fingir que no había dicho lo que había dicho? Un calor sordo le subió p
La puerta se abrió sin anuncio. Erika, sentada en el alféizar ancho como un banco, giró la cabeza con el ceño fruncido. Esperó. Nadie entró. El pasillo del otro lado respiraba un silencio controlado, ese silencio que no es ausencia, sino disciplina.Pasaron un par de minutos. El aire olía a madera de hinoki y a té que alguien había dejado enfriar en alguna parte. Erika resbaló de la ventana, dejó que el vestido estilo kimono le lamiera los tobillos y caminó hacia la puerta abierta con prudencia de animal que conoce las trampas. Asomó la cabeza y vio dos hombres de traje, plantados a ambos lados como columnas. Miraban al frente, a una altura que era la misma siempre, como si sus pupilas obedecieran a un reglamento.—El señor la espera abajo, en el comedor —dijo el de la izquierda, sin altanería, sin calor. Un enunciado.Erika frunció el ceño. No preguntó “¿qué señor?”, no se dio el lujo del sarcasmo. Tomó aire y salió. Los hombres no se movieron para escoltarla; bastó un gesto en direc
Takeshi sostuvo un segundo la mirada en él, no para humillarlo, sino para que el resto de la sala entendiera que aquella línea no se borraría con una sonrisa posterior. Luego volvió a la cabecera.—Seguimos —ordenó con tranquilidad—. Quiero un informe completo de la investigación interna: dinero, llamadas, turnos, cámaras, entradas y salidas. Quiero el nombre de todos los guardias que estaban esa noche. Quiero quemadas, hoy, las rutas menores que no nos aportan más que ruido. Y quiero a Kobayashi hablando con la aduana; que se quejen del papel, no de nuestros contenedores.—¿Y Calabria? —insistió Murata, con una obstinación que rozaba el reto—. Las bocas en la calle ya dicen que no hacemos nada.—Diganle a esas bocas, que si no se callan, yo iré en persona a hacerles tragar una buena dosis de plomo —replicó Takeshi, seco. Miro a Ichikawa—. Prepara “visitas de cortesía” a los socios neutrales. Nada de amenazas. Sólo presencia. Y un mensaje a Dante Bellandi, donde se le haga conocimient
Takeshi cruzó el umbral sin mirar atrás, con el traje ajustándole como una armadura moderna, el cabello negro atado en la coleta pulcra que Hitoshi exigía para los grandes días. La corbata estaba anudada con impecable precisión; el reloj —aquel acero oscuro que siempre parecía pesado— le ceñía la muñeca con la exactitud de un grillete voluntario. Respiró una vez. La casa, su casa, olía a incienso y a pino recién barrido; el corredor relucía. Pero el aire había cambiado.Antes, las mujeres de servicio elevaban la vista y sonreían:—Buenos días, señor Takeshi—, decían con naturalidad y un dejo doméstico, como quien saluda al hijo mayor de la casa. Esa mañana, al reconocer su silueta, bajaron los ojos al tatami, manos juntas, la reverencia contenida en el ángulo perfecto. Ni una sílaba. Ni un roce de sonrisa. Un silencio nuevo se pegó a las paredes, el silencio que sólo conocen los lugares donde la devoción es protocolo y el miedo es un adorno discreto. Un joven mozo que cambiaba las flo
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