El viento del Estrecho golpeaba las paredes del viejo faro, pero el frío que sentía Lucía no venía del mar. A través de la mira telescópica, el rostro de su padre, Arturo Vega, se veía nítido y a la vez irreal. Sus ojos, antes llenos de la calidez de los recuerdos de infancia, ahora eran dos abismos de obsidiana, vacíos de cualquier rastro de alma.
—¿Es él, Lucía? —la voz de Diego fue un susurro tenso a su lado, mientras él preparaba su propio fusil—. ¿Es Arturo?
—Es su cuerpo, Diego —respondió