Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a la confesión de Diego en la habitación de Mateo era más pesado que el plomo. Lucía sentía que las paredes de la mansión, antes su refugio, ahora se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa de acero.
—¿Diseño? —repitió Lucía, su voz era un susurro que cortaba como una cuchilla—. ¿Me estás diciendo que mi vida entera ha sido un guion escrito por un grupo de viejos en una mesa redonda? ¿Que mi padre me lanzó a tus brazos como quien lanza carne a un lobo?
Diego intentó dar un paso hacia ella, con la mano extendida, pero Lucía retrocedió hasta chocar con el ventanal. El sol de Marbella, antes cálido, ahora le parecía una luz de interrogatorio.
—No fue así, Lucía. Cuando te conocí, yo no sabía nada de la Hermandad. Solo sabía que quería poseerte. Solo sabía que eras la única mujer que no bajaba la mirada ante mí.
—¡Porque no sabía quién eras realmente! —gritó ella, y el eco de su voz retumbó en el pasillo vacío—. Me enamoré de un hombre, Diego. No de un experimento sociológico de tu padre y el mío. Si mi padre trabajaba para ellos... ¿dónde está su lealtad ahora? ¿Está muerto realmente, o es él quien envió esa rosa negra a mi almohada?
Diego apretó la mandíbula, un músculo saltando en su mejilla. Su rostro recuperó esa máscara de frialdad absoluta que Lucía tanto odiaba y, a la vez, tanto la atraía. —El informe dice que murió en un "accidente" de coche. Pero después de lo de esta mañana, ya no confío ni en mi propia sombra. Voy a bajar al búnker de comunicaciones. Voy a rastrear cada centavo que mi padre movió en los últimos veinte años.
—Voy contigo —sentenció ella.
—No. Te quedas aquí con Mateo. El búnker es el lugar más seguro de la propiedad, pero necesito que vigiles a la guardia. Si Elena pudo traicionarnos, cualquiera puede. No confíes en nadie, Lucía. Ni siquiera en los que llevan diez años sirviendo mi mesa.
Diego se giró y salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de autoridad y perfume caro. Lucía se quedó allí, mirando la daga de oro que aún descansaba sobre la cómoda. La tomó. El peso era real. El peligro era real.
Esperó diez minutos. Escuchó el sonido del ascensor privado bajando al subsuelo. Entonces, se movió.
Lucía no fue al búnker. Fue al despacho de Diego. Sabía que había una caja fuerte detrás del cuadro de la Virgen de la Macarena, una reliquia que Diego guardaba por tradición familiar. Durante meses, lo había visto teclear el código. Su memoria fotográfica, afinada por años de sobrevivir en la incertidumbre, no le falló.
2-0-0-5-0-3. La fecha del nacimiento de Mateo. Un código de amor para proteger secretos de odio.
La pesada puerta de acero se abrió con un clic casi inaudible. Dentro, no había lingotes de oro ni fajos de billetes. Había carpetas de cuero negro, cada una con un nombre. Encontró la suya: "PROYECTO REINA". Pero justo debajo, había otra más delgada, amarillenta por el tiempo.
"AGENTE 44: ARTURO VEGA". Su padre.
Lucía abrió la carpeta con manos temblorosas. Vio fotos de su infancia que ella misma no recordaba. Fotos de ella jugando en el parque en México, mientras un hombre en la sombra la observaba. Pero lo que hizo que su corazón se detuviera fue una nota escrita a mano, con la caligrafía elegante y anticuada de Vicente Valdivia.
"Arturo ha cumplido. La niña es perfecta. Diego morderá el anzuelo antes del invierno. El precio ha sido pagado: el traslado de Arturo a la sede de la Hermandad en Suiza. Su muerte ha sido escenificada."
Lucía soltó los papeles. Su padre no estaba muerto. Había vendido su vida, su inocencia y su futuro a cambio de una jubilación de lujo en los Alpes suizos.
Pero había algo más. Un recorte de periódico de hace apenas tres días, de un diario local de Ginebra. Un obituario pequeño: "Fallece Arturo Vega, benefactor de la ciudad...". Y pegado al recorte, una nota reciente de una caligrafía que Lucía reconoció con horror. Era la caligrafía de Isabella, su hermana.
"Él ya no está, hermanita. Pero yo sigo aquí. Y la Hermandad quiere lo que les pertenece."
Un ruido de pasos suaves en la alfombra hizo que Lucía cerrara la carpeta de golpe. Se giró, escondiendo el papel tras su espalda.
En la puerta del despacho, en la penumbra, no estaba Diego. Estaba Mateo, con los ojos muy abiertos y un pequeño sobre negro en la mano.
—Mamá... el hombre de la máscara volvió —susurró el niño—. Dijo que esto es para ti. Que es el mapa para encontrar al abuelo antes de que lo quemen.
Lucía tomó el sobre. Dentro no había un mapa. Había una llave de una caja de seguridad del Banco de Marbella y una sola palabra escrita en rojo: "MAÑANA".
Lucía se da cuenta de que la Hermandad ha infiltrado la mansión de tal manera que pueden entrar en la habitación de su hijo incluso con Diego en pie de guerra. Pero el mayor golpe es el psicológico: Diego le ocultó que su padre estaba vivo en Suiza hasta hace tres días. ¿Está Diego protegiéndola, o es él quien finalmente entregará a Mateo para salvar su propia posición ante la Hermandad? La desconfianza es un veneno que ya corre por sus venas, y la cena de cumpleaños de Mateo es en menos de una semana.







