El silencio que siguió a la confesión de Diego en la habitación de Mateo era más pesado que el plomo. Lucía sentía que las paredes de la mansión, antes su refugio, ahora se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa de acero.
—¿Diseño? —repitió Lucía, su voz era un susurro que cortaba como una cuchilla—. ¿Me estás diciendo que mi vida entera ha sido un guion escrito por un grupo de viejos en una mesa redonda? ¿Que mi padre me lanzó a tus brazos como quien lanza carne a un lobo?
Diego