Mundo ficciónIniciar sesiónObligados a casarse para unir dos de las mafias más poderosas de Buenos Aires, Gabriel Montenegro y Elena Morgan comienzan una relación marcada por el odio, el orgullo y una atracción imposible de controlar. Gabriel es frío, dominante y peligroso. Elena, rebelde, inteligente y difícil de someter. Lo que empieza como un simple acuerdo termina convirtiéndose en una guerra emocional llena de celos, traiciones y deseo. Pero cuando Gabriel rompe a Elena con una traición imperdonable, ella desaparece… y regresa convertida en una mujer mucho más fría y calculadora, decidida a destruirlo lentamente. Ahora, Gabriel tendrá que enfrentarse a algo mucho más peligroso que sus enemigos: La mujer que perdió.
Leer másElena se levantó temprano. No porque necesitara hacerlo, sino porque sabía que Gabriel no había dormido y esa era su primera jugada. Bajó las escaleras con un aire de calma que contrastaba con la tensión que vibraba en las paredes de la mansión. La luz de la mañana entraba por los ventanales, bañándola en un brillo casi etéreo. Ni siquiera parecía cansada. Gabriel estaba en la cocina, con los codos sobre la mesa, la camisa abierta y la mirada perdida en la tarjeta de Viktor. No la había soltado en toda la noche. Ella entró como si nada. —Buen día —dijo, sirviéndose café. Gabriel levantó la mirada. La observó de arriba abajo. No dijo nada. Perfecto. —Dormiste mal —comentó Elena, como si fuera una obviedad doméstica. —No te importa —respondió él, sin suavidad. Elena sonrió despacio, revolviendo el café. —Tienes razón, pero igual se nota. Gabriel apretó la mandíbula. Ella tomó un sorbo, dejó la taza sobre la mesada y lo miró como si estuviera analizando una pieza defectuosa
El silencio se había instalado en la mansión Montenegro como un huésped no invitado. Desde aquella noche en la biblioteca, Gabriel apenas dormía. Elena, por su parte, caminaba por los pasillos con una calma casi cruel, como si cada paso suyo estuviera medido para recordarle que ella mandaba ahora. No habían vuelto a discutir, pero cada mirada, cada gesto, era un campo de batalla invisible. Esa mañana, la tensión se podía sentir hasta en los empleados. El desayuno estaba servido en el comedor principal, pero ninguno de los dos se había atrevido a sentarse primero. Elena entró con el cabello recogido en un moño impecable y un vestido negro de manga larga que delineaba su figura sin esfuerzo. Gabriel ya estaba ahí, con la camisa desabrochada en el cuello, los ojos oscuros, la barba marcada por noches en vela. Ella se sirvió café. Él, whisky. —Son las ocho de la mañana —dijo Elena, sin mirarlo. —Y llevo despierto desde las tres —respondió Gabriel, con el mismo tono cortante. S
RUMANÍA El viento en Bucarest tenía una forma cruel de colarse por los huesos. Era distinto al de Buenos Aires, menos sucio, más gélido, como si el aire mismo supiera castigar a quien no pertenecía allí. Elena lo descubrió la primera noche que llegó. Llevaba un abrigo que apenas la protegía, una maleta pequeña y un silencio atragantado que le ardía en el pecho. No había lágrimas. Ya las había gastado todas en el avión. El departamento que alquiló en el distrito de Dorobanți era pequeño, pero moderno, con amplios ventanales que dejaban entrar la luz azulada del invierno. Los primeros días los pasó en una especie de trance: durmiendo poco, comiendo menos, revisando una y otra vez los mensajes que Gabriel no dejaba de enviarle. “Necesito hablarte.” “Por favor, no te vayas así.” “Sabes que fue un error.” No los respondió. No por orgullo, sino porque cada palabra de él la hacía temblar de rabia. Pasaron semanas antes de que saliera a caminar por la ciudad. Las calles empedradas
Elena se miró al espejo por última vez antes de salir de su habitación. Llevaba un vestido color crema, sencillo pero perfectamente ajustado a su figura. El cabello suelto, ondas suaves cayendo sobre los hombros, y un brillo en la mirada que no tenía nada de inocente.Era la calma antes del golpe.En el comedor principal, el murmullo de las voces la guió hasta la fuente del ruido: Lara.Sentada a la mesa, con una sonrisa contenida, hablaba con una de las empleadas mientras bebía café como si la mansión fuera su casa.Elena se detuvo en el marco de la puerta, sin moverse. Solo observó la situación sin interrumpir; más tarde haría algo con esa empleada.Lara se giró. La taza tembló apenas entre sus manos.—Elena —susurró, fingiendo sorpresa—. No sabía que ya habías vuelto.Elena dio un paso al frente, con una serenidad helada.—Sí, ya volví. —Hizo una pausa—. Y por lo que veo, la casa siguió recibiendo visitas incluso en mi ausencia.La tensión se sintió de inmediato, las criadas se ret
Último capítulo